UN ESTALLIDO DE FELICIDAD


 











Cae la nieve sobre Bedford Falls y oímos varias voces en off rezando por George Bailey…Es su noche crucial y desde el cielo lo saben. Ha decidido acabar con su bien más preciado: su vida. Dios enviará a un ángel para salvarlo pero antes tendrá que informar a dicho ángel quién es George Bailey y de qué manera ha influido en las vidas de todos los habitantes de Bedford Falls.

Con este arranque prodigioso comienza cada año en cualquier televisión de cualquier lugar del planeta, la película de las Navidades, un clásico entre clásicos, la cinta que nos conmueve y nos hace querer ser mejor personas…Qué bello es vivir de Frank Capra, dirigida en 1946 y producida por la Liberty, la compañía que Capra y William Wyler fundaron tras su vuelta de la II Guerra Mundial como idea de hacer un nuevo tipo de cine. Paradójicamente su estreno fue un fracaso y supuso el comienzo del declive profesional de su director que, sin embargo, estaba seguro de haber rodado la mejor película que jamás había hecho. El tiempo ha acabado dando la razón al que fuera el  verdadero rey del Hollywood de los años treinta con títulos como Sucedió una noche (It happened one night 1934), Vive como quieras (You can’t take it with you 1938) o la idílica Horizontes perdidos (Lost horizon 1937)

Esta es por encima de todo una  película que ha conquistado el corazón de millones de espectadores a lo largo de muchos años. Capra consigue integrar varios elementos importantes en su filmografía como son la denuncia social (fue un firme defensor de los preceptos del New Deal de Roosevelt) o la solidaridad del ser humano frente al poder deshumanizado que aquí representa Potter (un excelso Lionel Barrymore) auténtico magnate del pueblo. Estamos ante una película eminentemente cristiana, con una declaración de intenciones nada más comenzar: Existe un Dios, está rodeado de ángeles y además escucha las plegarias de sus fieles. A simple vista podría parecer una película blandita e incluso algo ñoña. Nada más lejos de la realidad. Los detractores de Capra siempre menospreciaron su talento acusándolo de practicar lo que vinieron a denominar el “buenismo”, una manera simplista de presentar la sociedad donde el bien triunfaba siempre y donde la bondad humana se imponía a la maldad. La pregunta que cabe hacerse no es tanto si lo que el cineasta de origen siciliano nos planteaba era posible sino por qué no podemos aspirar a tener una sociedad donde valores como la solidaridad, el amor al prójimo, la caridad, el beneficio general en lugar del particular, etc sean los valores a seguir. ¿Sería posible un mundo con más George Baileys y menos señores Potter? Capra estaba convencido, había visto crecer a un país hundido en la miseria tras el crack del 29 y levantarse gracias a las medidas sociales de Roosevelt. Su inquebrantable fe en el género humano se contagiaba a través de la pantalla porque,  no nos engañemos, la fuerza de Qué bello es vivir reside sin duda en su capacidad para conmovernos.

Tanto James Stewart en su papel de George Bailey como Donna Reed en el de Mary simbolizan la América que soñaba Capra. La América que reflejó en Juan Nadie (Meet John Doe 1941), la que conseguía levantar el país a base de sacrificio, trabajo y honradez. Una honradez acrisolada como la que demostraba el propio Stewart cuando siete años antes interpreta a un joven senador que lucha contra la corrupción en Washington en la inolvidable Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington 1939). Qué bello es vivir es un compendio de toda la filmografía de Capra.

Aquí observamos reminiscencias Dickensianas, cuando el personaje se enfrenta a su anulación total como persona y cómo influye en el resto de sus vecinos y familiares. Esta parte magistralmente rodada nos lleva a un cine que roza casi el género de terror por cuanto la angustia que siente el personaje traspasa la pantalla. Estamos ante planos portentosos como el de un James Stewart desencajado que recuerda a los mejores personajes de los westerns de Anthony Mann. 

Si tuviésemos que definir la felicidad a mí se me ocurren dos planos en la historia del cine para explicar su significado: el rostro mojado y sonriente de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia (Singing in the rain 1952) y la cara de James Stewart cuando el estallido de felicidad ha tocado a su fin y es que, si algún espectador no se conmueve con George Bailey en ese travelling maravilloso en el que lo vemos correr bajo la nieve de  Bedford Falls mientras grita henchido de felicidad : “Feliz Navidad” y abraza a todo el que se encuentra, es que tiene que hacerselo mirar.  
 
Aprovechando que quedan tres días para Nochebuena le quiero dedicar el artículo a mi suegro, uno de los más grandes cinéfilos que pude conocer. Seguro que desde ahí arriba justo donde mandaban a un ángel para salvar a George Bailey nos estará viendo. Este año volveré a ver Qué bello es vivir  y me volveré a acordar de ti.  Va por ti Enrique. 

Rubén Moreno



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