LA MELANCOLÍA DE UNA TARDE DE DOMINGO



Los domingos por la tarde, cuando el sol se pone, comienza a invadirnos una melancolía y una especie de ansiedad que a veces no sabemos explicar y que sin embargo se apodera de todo nuestro ser. En esa sensación vive constantemente Chiara,  en “La enfermedad del domingo”, (Ramón Salazar, 2017) con Bárbara Lennie y Susi Sánchez,  un ejercicio visual maravilloso que nos traslada a una especie de limbo en el que transitan los protagonistas.

 Chiara, cuyo nombre fue elegido por ser el de la hija de Mastroianni y Catherine Deneuve, se sienta en la ventana de la casa donde creció y donde todo ya le es ajeno. Mira a través del cristal, como ha hecho desde que tenía ocho años y su  madre la abandonó.  

Surge a partir de aquí una historia que no se parece a nada de lo que podamos suponer. De ahí radica probablemente la grandiosidad de esta película, una historia plena de simbolismos y de metáforas visuales donde las dos actrices nos regalan un duelo interpretativo maravilloso, confirmando Bárbara Lennie que es una de las más grandes actrices de este país y demostrando Susi Sánchez que el Goya a la Mejor Actriz era más que merecido. 

Esta es una historia de redención, de culpas, de incomunicación y sobretodo, es una historia en la que nada es casual y todo está más que medido. No hay ningún plano gratuito, los encuadres son plenamente intencionados y sobretodo la fotografía está  al servicio de cada momento. La habilidad para retratar el hueco, el vacío que en la personalidad de una niña de ocho años abandonada se produce, nos lleva a circular por senderos vertiginosos entre la brillantez casi espectral de algunos momentos y el gusto por cuidar cada uno de los detalles importantes. Anabel y Chiara son dos extrañas, pese a ser madre e hija, con la dureza que esto conlleva, la catarsis que va a producirse a lo largo de la historia y que va a desembocar en uno de los momentos más memorables del cine de los últimos añossirve como ejemplo de cómo desprenderse de atavismos a la hora de rodar. 

El simbolismo de las imágenes no debe hacernos caer en prejuicios acerca de cómo poner la cámara puesto que Ramón Salazar en esto, mantiene una estética clásica reforzando a través de una prodigiosa fotografía los elementos que quiere destacar. La mayor fuerza de la historia surge de la necesidad de contarnos una tragedia inexplicable para una niña de ocho años y a la vez huir de juicios moralizantes al respecto. La profunda honradez del director está en el modo de presentarnos los argumentos y decidir que sea el espectador el que piense, no dando nunca nada por sentado y sobretodo no estableciendo superioridad moral al respecto. 

De entre todo este puzzle de sentimientos encontrados y ausencias a redimir, nos damos de bruces con una historia que nos retuerce por dentro consiguiendo emocionarnos a pesar de la frialdad aparente. El simbolismo de la naturaleza como elemento primigenio pasará a tomar un papel determinante en el devenir de todo. Es aquí donde encontramos como fundamental el trabajo actoral. Tanto Lennie como Sánchez dejan de ser actrices para convertirse realmente en esos dos personajes, llenando la pantalla de verdad en cada uno de sus movimientos. La necesidad de estar juntas pero a la vez de sentirse indiferentes, las contradicciones propias para ahogar la culpa, para sacar lo mejor y lo peor de cada uno de los personajes hace que la ira, la rabia, el remordimiento o la visceralidad se apoderen de cada plano. 

Estamos ante una obra mayúscula donde esa sensación melancólica y absolutamente devastadora del domingo por la tarde en el que muere el fin de semana nos lleva a esa evocación de la pérdida que el director va a vincular a través de sus personajes. Una brillantísima metáfora que nos alcanza y de la que nos será muy difícil salir y es que ante todo “La enfermedad del domingo” es esa película que da voz a los silencios que se muestran como trascendentales y acalla los sonidos que a veces son vacíos y no dicen nada. Es un reencuentro fuera de lo común, pleno de sensibilidad y desgarrador como pocos, sin caer en el manierismo trasnochado de buscar la lágrima fácil y demostrando la magnífica salud de la que cuenta el cine español. 

Rubén Moreno

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