LA INFANCIA ROBADA




No existe mayor infamia que robar la infancia a un niño. Las consecuencias de tal traición son casi siempre ignoradas. Truffaut fue uno de esos niños a los que le robaron su infancia y como consecuencia de ello tuvo que refugiarse en una vida de repuesto como él llamaba al cine. Esto nos lleva ineludiblemente a la letra de una canción de Luis Eduardo Aute “...Cine, cine, cine…más cine por favor, que toda la vida es cine, que toda la vida es cine y los sueños cine son…” . 

Esta declaración de amor hacia el celuloide como vehículo de sueños nos evoca al pequeño Antoine Doinel, el niño rebelde de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cent coups,1959), la obra que colocó a Truffaut en el universo cinéfilo como uno de los impulsores de la archiconocida Nouvelle Vague. La importancia de este movimiento radica en la capacidad del cine galo para reinventarse. La manoseada narrativa francesa que hasta ese momento nos había dado grandísimas obras y cineastas como Renoir, Jean Vigo, Marcel Carné o Abel Gance, sufrirá una sacudida sin precedentes en la historia del séptimo arte. A partir de jóvenes como Godard, Rohmer, Resnais o Truffaut el cine francés saldrá a la calle con puestas en escena sencillas, en ocasiones con actores no profesionales, con una libertad no existente hasta ese momento. Una renovación del cine que influirá en el devenir de las siguientes generaciones y en movimentos similares como el Free Cinema británico o la más que interesante ópera prima de Tarkovski La infancia de Iván (Ivanovodetstvo 1962) que bebe enormemente de la cinta de Truffaut.


Los cuatrocientos golpes es una mirada autobiográfica a la infancia por parte de su director. Antoine Doinel al igual que Truffaut es un niño que nace sin ser deseado, que no conoció a su padre y que es criado en un ambiente hostil donde ni su madre ni su padrastro son capaces de concederle un solo gramo de cariño. Truffaut encontró en el cine su refugio particular, y en sus cuadernos, donde anotaba las películas que veía, su válvula de escape de la realidad. Antoine Doinel, interpretado por Jean Pierre Leaud, es el alter ego de Truffaut y al igual que éste tiene sus mismas dos pasiones, el cine y la lectura. Su mundo interior que lo pone a salvo cuando todo parece irle mal. Doinel nos atrapa porque a partir de su mirada dura, nos pellizca el corazón. Queremos atravesar la pantalla y darle de una vez por todas un abrazo a este niño que reclama atención a todas horas. 



Esta película también es una declaración de amor a una ciudad. Si Woody Allen está enamorado de Nueva York y la Gran Manzana ha sido protagonista de casi todas sus películas, Truffaut hará lo propio con París, quien será un personaje más en muchas otras películas suyas. Aquí nos regalará un travelling prodigioso al principio de la cinta mientras suena la maravillosa música de Jean Constantin. El director nos muestra ese París cotidiano lleno de vida, lejos del París idílico de Un americanoen París (An american in Paris 1951) de Vincent Minnelli. A Truffaut, sin embargo,  no le interesa tanto mostrarnos el París romántico de Montmartre y sus pintores bohemios, o esa Torre Eiffel bajo la que Melvyn Douglas se enamoraba de Greta Garbo en Ninotchcka (Ninotchcka 1939)  de Ernst Lubitsch.  Antoine adora callejear por París, entrar en esos cines de programa doble que tanto hacían las delicias de los niños de los 50 y los 60. Busca la cotidianeidad como elemento de belleza visual. Por otro lado Truffaut como buen cinéfilo homenajea al maestro Ingmar Bergman  cuando vemos a Antoine robando el cartel de su película  Un verano con Mónica (Sommaren med Monika, 1953).  Las calles de París simbolizan la libertad para Antoine, algo totalmente sagrado para él. 




Esto nos lleva a una secuencia sobrecogedora en la que vemos cómo las lágrimas caen del rostro de un abatido Doinel cuando se ve perdido, falto de amor, lastimado hasta la saciedad, porque hay golpes que duelen más que el dolor físico. Hasta ese momento no le habíamos visto llorar. La magia de Truffaut y el encanto está en mostrarnos la cruda realidad de Antoine sin caer en la tentación de la falsa emoción. A pesar de tener todos los elementos para un drama dickensiano, lo que nos emociona de verdad es la enorme inyección de realidad que Truffaut pone en esta historia. La realidad de un niño que no se queja pero que suplica ternura o cariño desde su mirada,  que no refleja sino la dureza y la desesperación; y todo con la distancia adecuada porque Truffaut se aleja, quiere que seamos los espectadores los que saquemos nuestras propias emociones. No nos impone cuándo y dónde emocionarnos.  


Los cuatrocientos golpes posee un lirismo acentuado de manera extraordinaria en su secuencia final . Como cantaba Aute, Doinel “…busca un mar que parecía un paredón…”. El mar refleja el sentimiento de libertad de Antoine, por fin ha llegado al mar y ahora… qué. La mirada del niño que durante toda la película nos ha estado haciendo sentir cómplices suyos, ahora se nos muestra inquisitivamente. Doinel mira a la pantalla y parece buscar una respuesta que nosotros no podemos darle por mucho que queramos. Nos hemos pasado la cinta queriendo abrazar a este pequeño muchacho y darle besos y decirle que no se preocupe que todo va a salir bien y que nosotros lo queremos, pero llegamos al punto final donde nos pide ayuda, nos suplica con su rostro que le digamos qué debe hacer ahora y nosotros no tenemos la respuesta. Ahora, cuando quizá más nos necesita o nosotros a él, debemos dejarlo a su suerte. Con el mar en frente y toda su vida por delante, debemos dejarlo allí sin saber muy bien qué será de él ahora.  


Rubén Moreno

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