LA VOZ DORMIDA
Un coro de niñas en un colegio de monjas hace como que canta, están preparando una actuación y la monja decide qué niñas cantan y cuáles fingen cantar para que parezca un gran coro.
El mismo coro de niñas canta en la función tal y como ensayaron, pero esta vez la cámara se centra en Celia que es una de las niñas y nos regala uno de los finales más hermosos y con más mensaje de los últimos años.
Lo que hay en mitad de estas dos escenas es un viaje a la búsqueda del yo personal en la infancia, el paso decisivo a la adolescencia y posterior juventud. El período donde las personalidades se forjan para siempre.
Hablamos de “Las niñas” la ópera prima de Pilar Palomero, un magnífico trabajo que retrata el universo particular de Celia (Andrea Fandos) en un colegio de monjas en Zaragoza durante el año 1992. Nada es casual en esta cinta que retrata a través de un paralelismo evidente las enormes contradicciones de un país que quería ser moderno y alejarse de todo el lastre llevado durante más de cuarenta años y a la vez, pretendía abrirse al mundo con una especie de pose moderna que en el fondo no era más que una frágil apariencia.
Cómo coser botones en horario lectivo, rezos y confesiones antes de entrar a clase, madres solteras que tienen que fingir viudedad para que sus hijas puedan estudiar en colegios de monjas, madres solteras que a la enorme carga de criar sola a sus hijos e hijas debían añadir la presión de no haber seguido las pautas del “como dios manda” que tantísimo daño ha hecho a la sociedad de este país.
Sin embargo, “Las niñas” no es un ajuste de cuentas con la educación concertada ni con los colegios religiosos, solo enmarca el contexto en el que se desarrolla la historia, y esta historia no es más que una invitación privilegiada que la directora nos ofrece para formar parte de la vida de Celia en un período trascendental de su vida. El período donde las preguntas más importantes eran silenciadas o tratadas con respuestas equivocadas.
Ese combate que surge entre las múltiples contradicciones que se desarrollan, es filmado a través de los expresivos ojos de Andrea Fandos, auténtica alma de la película, que emerge con una fuerza solo comparable a la Ana Torrent de “El espíritu de la Colmena” (Víctor Erice,1973). El asombro, la sorpresa, la inequívoca actitud de incertidumbre ante todo lo que comienza a experimentar se entremezclan con las propias paradojas que la España de 1992 vivía. Un país que se autoproclamaba moderno, en el que lo rancio se juntaba con lo chic. Un escenario de ostentación y lujo, las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla para mostrar al mundo que España ya era un país que volaba como el tren de alta velocidad frente a los prejuicios de siempre, los tabús de toda la vida y las miradas maledicentes cuando algo se sale de la norma. La música de “Niños del Brasil” o “Héroes del silencio” conviviendo al mismo con las férreas normas religiosas que mantienen a “salvo” la decencia sobre todo la femenina. Porque no nos engañemos, la España de 1992 presumía de modernidad, de progreso, pero la lucha de las mujeres por alcanzar su sitio, aún estaba en pañales. La lucha de toda una generación que se abría al mundo entre cigarros a escondidas, tests del Superpop, faldas de tabla a las que subir un cm o dos como gesto de rebeldía, primeros acercamientos al innombrable sexo bajo la inquisidora mirada de las monjas que todo lo consideraban pecado...todo dentro de un país que cambiaba a dos velocidades.
“Las niñas” es además un producto estéticamente meticuloso, tanto la puesta en escena como el diseño de producción están medidos. La dirección de actores es también otro de sus logros, hay fluidez en las interpretaciones, y hay emoción y desgarro sobretodo en una de las escenas donde la crueldad verbal traspasa la pantalla de forma casi hiriente. Hay algo de esa actitud desvalida del Antoine Doinel deTruffaut en la Celia de “Las niñas”, nos mira y nos sentimos cada vez más pequeños. Las palabras se intercalan con los gestos, los gestos resuenan más fuertes, en una especie de atmósfera emocional donde la directora es capaz de transmitir madurez. Un prodigio de narración elíptica, al que sin duda también contribuye magníficamente ese talento llamado Natalia De Molina en el rol de la madre.
La película es sutil, nos habla de niñas que en unos años serán mujeres y tendrán voz propia, niñas que marcarán un nuevo camino, incómodo para algunos, necesario para todos. Nos habla del crecimiento personal, del descubrimiento de otro mundo más allá del estricto colegio y las convenciones, esa apertura vital tan necesaria y tan similar en todas las sociedades. Ese momento imprescindible en el que la toma de conciencia de la propia personalidad aparecerá para no marcharse jamás.
“Las niñas” es un ejercicio para hacernos reflexionar sobre los pasos andados y desandados, sobre realidades contradictorias y medias verdades, sobre la necesidad y el apego. “Las niñas” son los ojos de Celia y sus silencios, silencios que dicen mucho más que todas las palabras, y es en contraposición también su voz, una voz dormida todo este tiempo pero que pronto dejará de estar silenciada.
Rubén Moreno


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