LOS COLORES DEL AMOR




Cherbourg y Rochefort son dos ciudades francesas que han pasado a la eternidad del cine por dar nombre a dos películas de Jacques Demy que ejemplifican como pocas el uso del color para mostrar ese sentimiento universal llamado amor.
Tanto en “Les Parapluies de Cherbourg” como en “Les Demoiselles de Rochefort” las estaciones del año tienen una importancia vital en el desarrollo de ambas historias. Si en Cherbourg el invierno es el protagonista, en Rochefort el verano es el centro de la acción. Ambas poseen la capacidad para aunar sentimientos dentro de un espacio temporal concreto.
La tristeza del invierno añade aún más dramatismo a la fragilidad del amor juvenil entre Genevieve y Guy. El uso metafórico de los paraguas como elemento para guarecernos de las inclemencias del tiempo y de la vida, queda maravillosamente filmado en el arranque con un plano cenital de la ciudad normanda sobre la que comienzan a caer gotas de lluvia de forma continuada mientras las primeras notas de Michel Legrand aparecen sonando a la vez que los paraguas quedan en mitad del plano.  El discurso de Demy tiene algo de reivindicativo socialmente hablando (las diferencias de clase, la seguridad económica frente a la felicidad,…) pero no ahonda en ese terreno porque lo que le interesa contarnos es una historia de amor juvenil truncada como tantas otras por algo tan terrible o diríamos ineludible como es la propia vida y el azar.  Para mostrarnos este viaje a través de los sentimientos de Genevieve y Guy el director utiliza colores excesivamente recargados que visualmente producen en el espectador la sensación de decadencia, de tristeza y de oportunidades perdidas. Precisamente sobre oportunidades, el director galo basa su mensaje, con el devenir de la segunda parte en la que podemos estructurar esta cinta y donde queda evidentemente reflejado el pensamiento de que la vida ofrece siempre segundas oportunidades que no son ni mejores ni peores sino simplemente distintas.
Tres años más tarde Demy rueda en Rochefort, el que dicen algunos el pueblo más bonito de Francia, y lo hace en verano con todo el color, brillo y luminosidad posible. Ahora Demy nos regala una maravillosa comedia musical llena de enredos, equívocos al más puro estilo hollywoodiense al que sin embargo imprime su sello personal. “Les demoiselles de Rochefort” es un canto a la alegría, a las ganas de vivir, al positivismo.
Desde su arranque con la llegada al pueblo de la caravana que trae la alegría en forma de feriantes, pasando por cada uno de los números musicales, la película destila savoir faire. El uso de los colores aquí contrasta enormemente con su predecesora en Cherbourg, aquí todo es luz, los tonos pastel, las casas blancas que reflejan el sol y la alegría. Las dos hermanas Delphyne y Solange (Catherine Deneuve y Françoise Dorleac, hermanas en la vida real) simbolizan las ganas de vivir, el optimismo de la cinta solo puede entenderse desde la absoluta reverencia de Demy al cine de Stanley Donen, Minnelli y demás grandes del musical americano.
Ambos musicales tienen un envoltorio artificial, sabemos que por fuera son solo decorado pero por dentro son mucho más. El invierno y la tristeza, el verano y la alegría de vivir, la futilidad de las cosas. El fatalismo y la resignación de “Les parapluies de Cherbourg “ frente a la vida de color rosa de “Les demoiselles de Rochefort”. Dos formas de entender y a la vez de sentir y de mostrarnos los colores del amor 
Rubén Moreno

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