LA PÉRDIDA DE LA JUVENTUD
La primera vez que el cine miró a los ojos del espectador y le hizo cómplice…”Un verano con Mónica” (Sommaren med Monika, 1953)
Harry Lund (Lars Ekborg) tiene 19 años, Monika (Harriet Andersson) tiene 17. Es alegre y feliz. Un día se ven en un café y poco después se enamoran. La edad y sus respectivos empleos son un lastre para su recién comenzada relación, así que un día deciden abandonar la ciudad en un bote y pasar un tiempo solos en un paraje idílico de Estocolmo.
“Un verano con Mónica” de Ingmar Bergman supone el reconocimiento a nivel internacional del reputado director sueco. Adaptación de la novela de Per-Anders Fogelström quien participó junto al propio Bergman en el guión, ésta es una historia arrebatadora que nos habla sobre el amor y los diferentes estadios del mismo. De la fragilidad del amor juvenil, una vez abandonada su etapa impetuosa, podemos descubrir cómo los condicionantes externos siempre suponen una rémora para los jóvenes enamorados. Tanto Monika como Harry se escapan a un idílico paisaje para vivir su amor juvenil cual adultos, libres de ataduras y por encima de todo, pleno de pasión. El verano simboliza la libertad, el placer, la más absoluta fascinación, …la pasión que ambos sienten quedará ahí eterna en ese verano inolvidable. Una vez terminado el estío y abandonadas sus vidas juveniles ya para siempre, ella queda embarazada y comenzará la vida de adultos de ambos, plena de problemas de adultos y de irresolubles conflictos morales entre ellos. Su ilusoria existencia en ese verano maravilloso parece derretirse como si el sol la fundiera. Atrás quedará ese universo perfecto que solo admite a ellos dos como enamorados por encima del resto de mortales. Ese escenario que les es tan ajeno porque no va con ellos. El hedonismo que Monika representa deja atrás la practicidad de los conceptos que Harry es incapaz de abandonar. La búsqueda de la felicidad de diferentes modos, abre la brecha irreparable que los distancia.
“Un verano con Mónica” cuestiona al mundo, lo desviste…Ese primer plano de a penas treinta segundos de Harriet Andersson resume como pocas veces se ha hecho en el cine el paso de la adolescencia a la cruda realidad de la vida de adulto. Monika sale a beber y fumar, abandonando a su bebé y a su marido, a quienes ya no soporta. De repente, nos mira y nos desafía con la mirada. Nos viene a desnudar con sus ojos, a quitarnos nuestros prejuicios y dilemas morales. Su inquisidora mirada nos reta. Sus penetrantes ojos no buscan ser redimidos, no le interesa nuestra opinión. Su deseo de vivir está por encima de cualquier justificación moral a sus actos. Sus ojos reflejan justo lo que Bergman quiere reflejar, al establecer un paralelismo entre ese plano de Monika y la conducta de la protagonista a lo largo de toda la cinta. Su incisiva mirada sin embargo esconde mucho más, porque como decía Godard: los ojos de Monika parecen reflejar una desesperación casi nihilista, están llenos de angustia y desprecio por sí misma.
La zafiedad del mundo real llega con el invierno y convierte todo lo que fue idílico en verano en algo que ahora ahoga a la protagonista y la convierte en alguien extremadamente difícil de encontrarse. La grandeza de Bergman está en cómo su personaje, su creación sale impune de cualquier juicio moral ya que el director no se considera nadie para juzgarla, no tiene ninguna superioridad moral respecto a ella. Las consecuencias de los actos que Monika realice solo serán suyos, su rebeldía es respetada por el director. La imperfección como elemento decisivo en la humanidad y la necesidad de reflejar que no somos perfectos y que esa es parte de nuestra grandeza.
Técnicamente encontramos una maravillosa iluminación por parte Gunnar Fischer quien retrata los estados emocionales de ambos protagonistas como pareja de forma clarificadora y sobretodo argumental. Así la luz del verano, el color, está rodado con un brillo que roza la fisicidad, casi podemos sentir el propio calor, la pasión de ambos por devorarse, el erotismo de sus miradas…En cuanto la pareja comienza a tener problemas en su relación la fotografía de Fischer se torna oscura, los lugares son inhóspitos, …esa brisa de verano que casi podíamos percibir a través de la pantalla ha dejado lugar a un gélido viento que nos invade. El retrato de Monika a través de los ojos de Bergman posee admiración, carnalidad, sensualidad, deseo…todos elementos del amor efímero y solo perdurable en el recuerdo.
Como decía Carlos
Heredero, “…el cine de Bergman se nutre de Strindberg, Ibsen,
Joyce o Chejov…” lo cual nos lleva implícitamente a
territorios por conocer. La luz y la oscuridad nuevamente para
explicar parte de la existencia, el cine es un parpadeo, es el paso
de la luz a la oscuridad más absoluta. La importancia de la luz en
el cine en Escandinavia ya la conocemos desde los inicios del séptimo
arte, desde Viktor Sjoström o Dreyer. La luz como alegría, la
oscuridad como tristeza, la luz como purificación, las tinieblas
como descenso a los infiernos de nuestra mente.
Godard añadía “…solo es profundo quien es imprevisible…”, el cine de Bergman contiene esa imprevisibilidad que lo hace a partes iguales apasionante o desconcertante para aquellos que no llegan a sentir emoción cuando visionan al genio de Uppsala. Bergman huye de toda autocomplacencia iniciando nuevos territorios por explorar en cada nueva película. ”Noche de circo” y “Un verano con Mónica” son del mismo año y sin embargo aun poseyendo elementos comunes lógicos bajo el sello Bergman discurren por itinerarios absolutamente distintos. La tan manida aseveración por parte de sus detractores de la “falta de estilo en Bergman” no es más que la imposibilidad de acotar el cine de un genio que se adentró como pocos en las profundas emociones y pasiones del ser humano, un director que disecciona como pocos la condición humana. Su incesante búsqueda queda reflejada en puestas en escena que si bien poseen cierta teatralidad sin duda discurren por terrenos absolutamente originales. Ese modo de enseñarnos todas nuestras mezquindades, de mostrar todo aquello que a veces no queremos admitir como seres imperfectos. Esos miedos que nos atenazan y que Bergman supo reflejar como pocos han hecho. Cuando Monika mira a la cámara para desafiarnos y desvestirnos establece ese vínculo entre Bergman y nuestras miserias. Porque las mujeres de Bergman se rebelan contra la sociedad patriarcal que las pretende coartar, su determinación para cambiar sus vidas las muestra ante nosotros absolutamente arrebatadoras, por el contrario los personajes masculinos de Bergman, y aquí Harry es otra muestra, son seres atormentados, llenos de culpa que buscan incesantemente el sentido a su existencia.
Nuevamente volvemos a las palabras de Heredero para afirmar las reminiscencias del cine de Bergman en autores como Strindberg, Joyce o Jean Paul Sartre y en su extraordinaria capacidad para visibilizar todo aquello que no lo es a simple vista, para desnudar lo oculto y para aún así alimentar su cine de elementos propios que le dan ese personalísimo estilo que nadie pudo nunca encasillar y que conoceríamos como el “estilo Bergman”.
Rubén Moreno

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