EL REGRESO A CASA


 

Decía Billy Wilder que “…era la película mejor dirigida que había visto nunca…” y hay que confesar que enumerar la obra fílmica de William Wyler daría para varios libros puesto que nos ha regalado muchas de las mejores películas de la historia del séptimo arte. De entre todas, sin embargo, surge “Los mejores años de nuestra vida” (Best years of our lives, 1946) como una obra superlativa a la altura de sus “Ben-Hur”, “Funny Girl” o “La heredera”. Una obra comprometida socialmente que al igual que en “La señora Miniver” nos humaniza un conflicto tan salvaje e irracional como fue el de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias que ésta va a dejar en aquellos que la vivieron. 

“Los mejores añosde nuestra vida” es un ejercicio de denuncia social y de homenaje a todos aquellos ciudadanos de a pie que en aras del honor patrio perdieron los mejores años de sus vidas por defender la libertad, y la democracia y a su regreso fueron en la mayoría de los casos apartados socialmente. Héroes que bien supo reflejar Wyler en sus facetas más humanas. Esa humanización de la contienda bélica emociona desde la verdad, alejada por completo de las imposturas propias de la epicidad en la que cualquier película propagandística hubiera tenido la tentación de caer. Al Stephenson (Fredric March) , Fred Derry (Dana Andrews), y Homer Parrish (Harold Russell) son héroes pero de carne y hueso, personas absolutamente normales que encuentran un país que ha continuado sin ellos y a los que les cuesta adaptarse enormemente. La vuelta a casa que al principio se torna emocionante en cada una de las tres historias, da paso posteriormente a los conflictos que emergen de esa nueva sociedad que los ha dejado ya atrás. 

Llama de forma poderosa la atención la modernidad de esta película y ese sello que podríamos atribuirle a Wyler, una increíble capacidad para rodar películas extremadamente jóvenes, en el sentido más positivo de la palabra. La agilidad, la frescura de todo su cine, entronca con una carrera cinematográfica llena de auténticas joyas. Más de seis décadas después aún nos parece una película arrebatadoramente    moderna. 

Las dosis de emoción con las que retrata la vida doméstica de estos tres héroes que de desigual modo quieren continuar con sus vidas son filmadas desde diferentes puntos de vista. Homer, mutilado de guerra y con desprecio por sí mismo solo se redimirá desde el inmenso amor de su novia de siempre; Fred regresa a un hogar donde Marie (Virginia Mayo) no está dispuesta a aceptar el rol de esposa y ama de casa, sino que quiere vivir permanentemente en la artificialidad que él desprecia. De entre los tres, destaca Al y su vuelta al hogar donde le espera una extraordinaria Myrna Loy en el papel de Milly, sustento incomparable para el veterano de guerra. La escena de su entrada en casa es de las más emocionantes que se han rodado sin subrayados. Sus dificultades laborales comenzarán por un desconcierto absoluto entre sus ideales y la maquinaria capitalista que deja a un lado a todo aquel que no puede continuar la marcha. La escena con el director del Banco obligándole a que deniegue créditos a los veteranos de guerra que no den garantías de pago, es una declaración absoluta de intenciones, basta ver el rostro de March filmado en primer plano por Wyler. La decepción, el desconcierto, el no entender para qué hicieron la Guerra, para qué lucharon en pos de un mundo mejor es uno de los hallazgos más brillantes de la cinta.

 Las heridas de guerra más lacerantes a veces no son las producidas por obuses enemigos, a veces parten desde nuestro propio entorno. Qué bien refleja Wyler esas heridas en primeros planos de las miradas de March (en el banco) de Andrews (al regresar a casa) y de Russell (al enfrentarse a su amor de siempre con los brazos amputados). El talento del director está precisamente en la falta de subrayado de momentos emocionalmente duros. Cuando la madre de Homer mira a su hijo, la cámara solo se fija en cómo coge el petate con los garfios y el rostro de la actriz ya refleja la dureza, el dolor inmenso y la impotencia que la invade, solo la cámara y un pequeño plano, no necesita más Wyler para emocionarnos.


Además establece un conflicto interno entre Fred y Al, cuando éste se enamore de la hija de Al, papel que interpreta Theresa Wright y en una escena magníficamente rodada Al le pida que la abandone. Vemos a Fred alejarse a una cabina de teléfonos dentro del bar para llamarla y la mirada de Al le sigue, suena el piano de Hoagy Carmichael pero su mirada continua fija en Fred, la cámara se queda con Al, no nos introduce en la cabina y en ese magnífico uso de la profundidad de campo, Wyler nos viene a decir que no siempre podemos escuchar todo lo que queremos. 


El mensaje que nos lanza la película al acabar empasta perfectamente con el título del film, durante la guerra perdieron los mejores años de sus vidas pero ahora han regresado y nada les va a hacer perder el resto porque han aprendido que lo que realmente importa son esas pequeñas cosas que siempre nos acompañan para hacernos la vida mejor. 

 

Rubén Moreno

 

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