EL OLVIDO DE OTROS
¿Es posible edificar una historia a través del manido y a veces manoseado concepto del cruce de caminos? Almodóvar lo intenta y lo consigue casi todo el rato en “Madres paralelas”, su última película que hace honor al título y nos cuenta dos historias que discurren con más en común de lo que pudiera parecer, a pesar de alguna escasa laguna en la trama, más bien debilitada por esa metáfora que relaciona a ambas como si fuera por medio del filo cordón umbilical que las une.
Una te lleva de vuelta a la memoria de un país y a la propia, mientras que la otra te atrapa desde dentro simbolizando ese vínculo eterno que surge tras la maternidad. Ambas, sin embargo convergen desde el prólogo al epílogo y en ambas está escrito un relato, por encima de todo, necesario.
Hay una que nos habla de las diferentes formas de ser madre, sin el juicio inquisidor de quien se cree en posesión de la verdad y lo hace a través de la diversidad que producen los personajes de Penélope Cruz, de Milena Smit o de Aitana Sánchez Gijón, y es en su fuerza y vigor donde encontramos la inspiración para apreciar lo que nos cuentan, para hacer de nosotros esos espectadores de lujo, capaces de formar parte de sus vidas desde tan solo unos metros de distancia. En eso Almodóvar lleva décadas transmitiéndonos la pasión por sus personajes. La veneración que profesa a sus heroínas, siempre de carne y hueso, llenas de imperfecciones, de contradicciones pero arrebatadoras precisamente por sus múltiples aristas. Aristas que aquí surgen en su modo de entender la maternidad, en su distinta concepción de qué es ser madre, honrando a cada personaje y como decíamos sin juzgarlo. El personaje que interpreta Penélope Cruz, se tendrá también que debatir entre callar un secreto terrible o afrontarlo para poder avanzar sin heridas abiertas.
“Madres paralelas” pasa a convertirse en algo más que una película, quizá en un manifiesto contra el silencio, contra la equidistancia mal entendida, esa que calla y va dejándose pisar por la intolerancia y el odio, mientras el silencio nos vuelve cómplices. Es aquí donde el director logra fusionar la otra historia que discurre paralela. Ese lazo, el otro elemento por contar, también imprescindible, que nos atañe a todos. Ese compromiso para denunciar una verdad incómoda que a muchos no gustará, precisamente por lo horrible de su naturaleza pero absolutamente inevitable. Ese relato que nos va a emocionar en un tramo final necesario en el que a través de elementos simbólicos, como un sonajero o una fotografía, se removerán conciencias de forma precisa e inequívoca.
Un país, una patria, una matria quizá ...en el intento almodovariano de dotar al país de los mismos rasgos que una madre, con su angustia, aflicción, miedos o incertidumbre. Una sociedad que se descose precisamente por no saber cerrar el dolor que arrastra, por ocultar bajo la alfombra las miserias que siempre acaban emergiendo, por ignorar la tortura y el duelo, por relativizar el drama y el horror, por como bien dice Janis (Penélope Cruz) a Ana (Milena Smit) “a ver si os enteráis de en qué país estáis viviendo”.
Esta película además habla de pérdida, de inseguridades, de dudas, de obsesiones, de viajes interiores hacia recovecos por explorar, del olvido mal entendido, de la lucha, de no rendirse, de madres con instinto y de madres sin él. De abnegación y sacrificio, del apego de quien sufrió en silencio por miedo o cobardía. La versión más política del cine de Almodóvar que sin embargo sustenta la estructura de la película en el territorio que más domina, el del melodrama. Ese espacio en el que inevitablemente tenemos que pensar en Douglas Sirk, donde el director se muestra más conciso, donde menos divaga, donde se hace fuerte y ahí recibe la ayuda, como siempre ha pasado, de sus mujeres, ese ojo avizor para elegir a la actriz adecuada en cada momento vital. Excelsa y solvente Penélope Cruz como siempre que la dirige Pedro. Una actriz que se agiganta cada vez más en pantalla, introduciendo registros que la hacen crecer como intérprete destacando casi siempre su lado más cotidiano, más veraz y junto a ella una más que prometedora Milena Smit que confirma lo que siempre apuntaba en sus anteriores trabajos. A cierta distancia emocional del dúo protagonista, lejana a ellas, ajena en cierto modo, en un segundo plano, con un personaje menos amable aparece Aitana Sánchez Gijón, quien se regala un monólogo de Lorca y su obra “Doña Rosita, la soltera” para demostrarnos que siempre fue una magnífica actriz de carácter capaz de remover la fibra del espectador.
Y encontramos a la pasión como elemento principal en Pedro a la hora de contar sus historias, algo que engrandece a una película que no gustará a sus detractores, a los que Almodóvar parece que consigue enervar quizá de forma consciente a través de constantes provocaciones casi siempre morales y en esta ocasión además ideológicas. El transgresor ochentero quedó atrás pero no pierde ninguna oportunidad para buscar la provocación y el desaire. Mostrando pinceladas, casi de pasada pero sin rehuir los temas de actualidad. A pesar de estar por debajo de “Dolor y Gloria”, esta nueva película del director manchego colma las pretensiones de quienes somos su legión de seguidores, palabra ésta utilizada hasta la extenuación en estos tiempos de inmediatez, en el que la reflexión y la conciencia no son excesivamente empleadas, siendo sustituidas por likes y titulares cortos. A poco que “Madres paralelas” consiga despertar a alguien de su letargo y remueva minímamente en su interior el deseo de conocer por fin la verdadera historia de este país, ya habrá merecido la pena, porque como decía Saramago: “...hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido, y se termina en la indiferencia…” y para que una sociedad pueda de verdad avanzar debe cerrar completamente todas sus heridas pasadas y convertir la impunidad en justicia.
Rubén Moreno
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