DEFENDER LA ALEGRÍA
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del
escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de
las ausencias transitorias y las definitivas
La alegría como motor de vida, la memoria como eje vertebrador de nuestra existencia, la poderosa influencia de un padre en su hijo y cómo somos recordados para siempre.
Decía Machado que “...hay dos tipos de hombres, los que viven hablando de sus virtudes y los que se dedican a tenerlas…” Héctor Abad Gómez era del segundo tipo y nadie mejor que su hijo Héctor Abad Faciolince para hacernos un retrato preciso de quién fue su padre.
“El olvido que seremos” la última película de Fernando Trueba que adapta la novela homónima de Faciolince es, entre otras muchas cosas, sobretodo, una declaración de amor llena de sensibilidad y de pasión de un hijo a su padre. Un ejercicio sincero de amor y admiración que a medida que transcurre se va apoderando del espectador, desde lo cotidiano de las cosas sencillas, esas que construyen la memoria. Tan solo la historia de un buen hombre, un activista social que quiso acabar con las desigualdades o al menos paliarlas y todo a través de los ojos embelesados de su hijo. El relato de un héroe de esos que no presumen, de los que se antojan imprescindibles, uno de esos que te reconcilian con la condición humana. Una especie de Atticus Finch a la colombiana, un modelo que sirve al pequeño Quiquín (Héctor Joaquín) para reconstruir el viaje a su memoria.
Un hecho real, como contexto para adentrarnos en la naturaleza de un personaje que intentaba hacer de éste un mundo mejor. Un relato intimista, que contrapone el vitalismo del hogar de los Abad Faciolince con la violencia del entorno, el Medellín más sangriento en las décadas de los 70 y 80. La imposibilidad de permanecer ciego ante la injusticia, ante la marginalidad... Un profesor, un doctor que cambió la vida a muchas personas, que luchó para que las brechas sociales cada vez fueran menores, un personaje que comienza a ser incómodo, una luz en mitad del infierno. Pero no nos engañemos, porque ésta no es una película de denuncia social, no es una suerte de reivindicación del héroe sino del padre siempre presente, que engrandece la historia.
Estamos construidos a través de la memoria, a través de los recuerdos que permanecen eternos, emergiendo la necesaria coexistencia de lo ajeno y de lo propio. La relevancia de la lucha social se combina a partes iguales con “aquellas pequeñas cosas” como cantaba Serrat. Frente al cinismo o la agresividad, el contrapunto lo ponen la rebeldía y la subversión de ser una buena persona. Trueba consigue mantener el equilibrio preciso que da la propia vida y las marcas que deja la existencia y nos habla de buenos sentimientos para construir dicha vida, algo en total desuso.
La humanización del personaje viene indudablemente a través de la interpretación de Javier Cámara que viene a confirmar que hay actores a los que el talento se le cae de los bolsillos y que todo lo que se escriba de él siempre será insuficiente para hacerle justicia.
El director madrileño edifica la historia en dos partes, la del dolor extremo y la de la evocación infantil y en ambas se produce una inversión de los colores y el uso del blanco y negro. Esa lucha eterna entre lo que recordamos y lo que queremos olvidar. Esa contienda que eleva la película hasta impedirte salir de ella. La meticulosidad con la que apreciamos pequeños detalles queda simbolizada a través de planos, solo en apariencia intrascendentes, que delatan realmente una actitud moral ante la vida.Su elogio evidente a la familia unida, convierte el hogar de los Abad Faciolince en una especie de oasis dentro de la miseria humana de la violencia que les rodea, surgiendo ecos del cine más clásico posible.
Desgarradora, intimista y sobretodo humana, “El olvido que seremos” profundiza en mayor medida a través de espacios de reconstrucción personales que en el entorno violento que sirve de contexto. Trueba evita el acento en la relevancia histórica para colocarlo en la personal. El personaje de Héctor Abad lo merecía, retrotrayéndonos de nuevo a la frase de Machado sobre los hombres y sus virtudes.
Y es en ese tránsito vital donde el director de la magnífica “Belle Epoque” o “Chico y Rita” evoca el vitalismo como arma principal para defendernos de lo miserable, para situarnos en un plano de autodefensa que nos impone nuestra propia memoria. Nada tan poderoso como la capacidad de recordar, de almacenar aquello que nos ha construido como personas y de defender dicho recuerdo...La defensa de un modo de entender la vida que se antoja sustancial.
Una existencia que basar en la felicidad, en sentirse querido, en desprender cariño y admiración a los que nos rodean, una vivencia plena de raciocinio y tolerancia, que se aleja del egoísmo en su búsqueda del bien general...la defensa de la alegría, como dice Benedetti, defendiéndola de la miseria y los miserables, eso hace Trueba en esta película, un alegato a ultranza de lo que debería ser una obviedad,... la bondad humana.
Rubén Moreno
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