EL FINAL DEL VERANO
Septiembre de 1985. El verano está a punto de acabar. En unos días iba a cumplir diez años, mi primera década... y
apuraba mis vacaciones antes de volver al colegio. En casa de
mi abuela había un televisor pequeño en blanco y negro, que para mí era fascinante
porque a diferencia del resto de televisores, de donde yo vivía (solo se podían
sintonizar dos canales, la primera y la segunda se llamaban), en el de mi
abuela podíamos ver además la televisión de Marruecos y la de Gibraltar. Esa
mezcla de idiomas me parecía fascinante pero aquella noche de verano, aquel
miércoles 4 de septiembre yo estaba plantado frente al televisor viendo TVE
cuando una inquietante y misteriosa mujer vestida de blanco empujaba al vacío a
un señor sin mediar palabra…era Jeanne Moreau en “La novia vestía de negro” (“La marieé etait en noir”, 1968) la más
hitchcockiana de sus cintas. En ese momento no lo sabía pero acababa de
descubrir a François Truffaut.
Poco faltaba para cumplirse un año de su muerte y yo aún
desconocía la poderosa influencia que todo su cine tendría en mi. No podía
sospechar que unas semanas después tras ver “L’enfant sauvage” mi vocación docente comenzara a nacer.
Aquel verano maravilloso del 85 se fue
acabando con un ciclo que hoy sería impensable. Cada miércoles en prime time que lo llaman ahora y en la
televisión pública una fuerza poderosa y magnética me arrastraba a ponerme
delante de la pantalla.
Truffaut pasó su infancia entre programas dobles de cine y
libros que devoraba para escapar de una dura y descarnada realidad que supo
reflejar en su icónica “Los cuatrocientos golpes” (Les quatre cent coups, 1959)
en la piel del que sería su alter ego…Antoine
Doinel. Es así como descubre un mundo maravilloso en la literatura, devora a
Tolstoi, Dumas o Balzac a la vez que escapa del colegio para ver películas de
Renoir o Abel Gance.
Con Doinel asistimos al crecimiento de un niño que pasaría
de adolescente a joven rebelde y enamorado en “Besos Robados” (“Baisers volés”, 1968) esa pequeña joya
de la comedia francesa donde una adorable Claude Jade daba la réplica a un Jean
Pierre Leaud que se convertía así prácticamente en la prolongación de Truffaut
en escena. La vida de Doinel, su posterior matrimonio, su paternidad, su divorcio... Asistimos al paso de la vida en cuatro películas adorables que nos
sitúan en un discurrir paralelo al resto de su filmografía, que sin duda se va
alejando cada vez más de aquel bonito sueño realizado llamado Nouvelle Vague. Ese canto a la libertad
y al poliamor llamado “Jules et Jim” convive con otras más dispares como la
extraordinaria “Farenheit 451”, “La sirene du Mississipi” o “La nuit americaine”,
toda una declaración de amor al cine.
Es el cine de Truffaut un modo distinto de ver la realidad,
nadie como él supo plasmar en pantalla afectos y carencias. Su cine está ligado profundamente a su
existencia. El retrato de la infancia es algo prácticamente recurrente en todo
su cine, su capacidad para mostrarse sensible y a la vez realista quizá lo
hereda de su admirado Jean Renoir, su humor ácido de Lubitsch y por supuesto su
profunda admiración a Hitchcock también quedará patente en su obra.
Autodidacta y enfant terrible fue capaz de alcanzar su
sueño sin pasar por una Escuela de Cine, un crítico que hizo de Cahiers de Cinema su refugio y que
aprendió el oficio a pie de pista. Su cine es el cine de los apasionados por el
séptimo arte, aquellos que viven por y para él. Aquellos que son incapaces de
separar vida y profesión. Su enorme talento y generosidad siempre fueron
puestos al servicio de los que consiguen apreciar su manera de rodar. Es
Truffaut un apasionado de las historias que reflejan sentimientos, un cineasta
que toca las emociones porque su cine nace de sus entrañas y despojado de
prejuicios revela en su modo de mirar con la cámara, parte de su ideario.
Decía Jacques Demy que “…toda creación está hecha de
presente, de pasado y de futuro, de cosas que se han conocido o encontrado… ”
algo que sin duda ejemplifica el cine de Truffaut y por ende su influencia. Es
por esto que quizá los recuerdos de aquel verano de mi infancia siempre han
permanecido en mí tan fielmente presentes.
Truffaut era el cine, porque lo amaba por encima de la vida (“…encuentro más armonía en el cine que en la
vida…”) quizá por eso nos dejó tan pronto y como regalo nos legó su cine
para que nunca lo olvidáramos.
Rubén Moreno

Truffaut y Antoine Doinel son en cierta forma un reflejo idealizado de nosotros. Yo niño de los 60 nacido en París me identifico absolutamente con la serie de Doinel y con casi todas las películas de un cineasta tan sensible como fiel a la verdad del ser humano. Truffaut ha sido injustamente orillado por la crítica pero quizás su cine permanezca más que otros ahora alabados. Es cine del corazón, y hecho con gusto exquisito. Es un genio
ResponderEliminarEstoy totalmente de acuerdo contigo. Truffaut permanece pasen los años que pasen, a mí me resulta imposible no emocionarme con su cine, nunca me cansa. Gracias por leerme. Un abrazo
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