EL PESO DE SER INDISPENSABLE


MARÍA (Y LOS DEMÁS)




María tiene 35 años, lleva 20 cuidando de su padre  y sus hermanos desde que su madre murió. Excesivamente responsable y controladora de todo, se siente orgullosa de ser el pilar de su familia. Así que cuando su padre anuncia que se ha enamorado de su enfermera y que va a volver a casarse, el universo de María se empieza a desmoronar. 


Esta es la propuesta que la directora catalana de origen gallego Nely Reguera nos regala en su opera prima. Una cinta que ahonda en los sueños, los miedos y las ilusiones de un personaje, el de María, una especie de Bridget Jones a la gallega mucho más cercana y menos histriónica pero igualmente adorable, que en realidad tiene mucho de nosotros, o al menos de la gente que es muy parecida a María. La necesidad de seguir una serie de normas que establece la sociedad puede llegar a ser un peso absolutamente insoportable, por otro lado instalarse a veces en una zona de supuesto confort por miedo a cambiar nos llevaría a territorios inexplorados que convergen en un deseo legítimo de la protagonista de querer cambiar las cosas a su propio ritmo. Durante la cinta vemos a una María enfadada casi todo el rato,  se diría con el mundo. Recibiendo a veces por parte de todo su entorno escasa ayuda, incluso pareciendo que es el blanco de un constante ataque por parte de dicho entorno. Por eso se antojan importantes, diría decisivos esos instantes en los que la protagonista se ilusiona con pequeñas cosas. Esas ilusiones frustradas de forma continuada van llevando al personaje cada vez más a sentirse absolutamente sola a pesar de estar rodeada de su familia, sus amigos, etc. La película habla también de la fragilidad de una mujer cuyas ambiciones no son quimeras inalcanzables sino sencillas y a la vez tan difíciles de atrapar, quizá por su actitud de constante rabia y desconfianza frente a su universo particular. Trabaja en una librería  y sueña con que le publican su novela, esa que lleva años escribiendo y a la vez abandonando por falta de tiempo (excusa recurrente) y quizá también por miedo. 

 


“María y los demás” es una cinta donde las cosas se intuyen de forma sutil  siendo esta forma de dirigir parte de su encanto. La directora posee un ritmo narrativo sencillo y cuidado,  nos introduce con tan solo una canción que suena en un coche,  en el estado de ánimo de María y nos recuerda el poder de la música para sugestionar o para conseguir elevar el ánimo y además lo hace mostrando levemente y sin subrayados innecesarios.

Además esta película,  es un ejercicio absoluto de interpretación, porque al conjunto de virtudes que presenta ( entre ellas un guión muy medido) , habría que añadir por encima de todo la interpretación de una Bárbara Lennie en estado de gracia. De una franqueza dramática enorme, que refleja de forma brillante cómo el personaje entra en una espiral de amargura que le impide disfrutar de la vida,  Lennie nos atrapa desde el primer momento en que aparece en pantalla. La facilidad para transmitir de la actriz se fundamenta básicamente en una naturalidad pasmosa que dota a la interpretación de la fuerza necesaria sin caer ni en excesos ni por supuesto en artificiosidad. Lennie construye el personaje, entregada a él, generosa, implicándose enormemente en el proyecto…María asumió desde los quince años que además de ser la hija adoptaría el rol de madre, con sus hermanos y con su padre, por eso ahora esa quizá excusa para no vivir su vida le ha hecho paralizarse. Siente que se va a producir un cambio vital que la aterra al punto de no querer aceptar que va a tener una nueva vida. La ceguera emocional de la protagonista  nos conmueve porque nos representa en muchas ocasiones. María está llena de indecisiones, de contradicciones, de inseguridades y eso nos resulta aún más creíble a través de los ojos y las miradas que Bárbara Lennie transmite. 


La conexión que se produce entre los actores, sobretodo en escenas corales como las comidas familiares, etc…están muy bien logradas, dotan a la cinta de mucha naturalidad. Podemos sentirnos identificados una vez más en pequeñas discusiones sobre temas absurdos y nada trascendentales, en interrupciones al hablar, en intercambio de bromas, confidencias y demás.  Una de las claves para que la película rezume verdad es ese reflejo de la cotidianeidad. Si bien a veces transita por territorios de comedia loca, seguidamente los abandona para recordarnos que la vida es así continuamente,  llena de momentos cómicos y trágicos por igual. Esa facilidad para llevar al personaje de María de la risa al llanto entronca con la idea de fragilidad que muestra la protagonista. Y aparece un elemento crucial también en la película en una secuencia muy bonita rodada en la playa de Razo, en Carballo… aparece el mar, que siempre evoca el deseo de libertad.  Vemos el rostro de María y nos vemos a nosotros. Justo antes de mirar al mar, María parece estar a punto de estallar, sola frente al mar la cámara se detiene en su cara, no habla pero lo dice todo. 


Esa incomodidad que María refleja de si misma cuando se supone que está en un momento vital en el que ciertas cosas y ciertas responsabilidades ya deberían estar asumidas porque así lo impone la sociedad;  hace que se sienta torpe, desubicada y como decíamos incómoda. Frente a todas las dificultades que presenta el personaje, emergerá por fin el coraje de una mujer dispuesta a no rendirse. La catarsis que experimentará la hará crecer como nunca en una secuencia final maravillosamente rodada en un travelling a través de A Coruña en el que la nueva María ya no tiene lastre ninguno, es la dueña de su propia vida y a partir de ahora va a ser capaz de enfrentarse a lo que venga con su mejor actitud. 

Rubén Moreno




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