LORCA Y EL TIEMPO SUSPENDIDO

 

 "...Guardo el deseo en un camafeo, Reliquia, imperio andaluz. Espero el instante de esta tierra gigante. De hacerte un destello de luz..."

La voz desgarrada, el quejido que suena, el lamento sordo...poesía bajo la nieve, el frío, la muerte, la luz, ...la música.  El deseo callado, el deseo oculto, la oscuridad reflejada en una bola negra que aparta al que no sigue la norma. Al que no forma parte de la masa. Que lo excluye, que lo incapacita, que lo deja a un lado y lo señala con el dedo inquisidor. Amar nunca debería ser algo con lo que castigar.  

Mirar hacia adentro sin vértigo, sin dolor. Una imperfección viva que nos conmueve, eso es "La bola negra" de Javier Calvo y Javier Ambrosi, (me niego a volver a llamarles los Javis, como si fueran un grupo de adolescentes jugando a las películas, cuando su talento para hacer cine se le cae de los bolsillos). 

Con una arquitectura narrativa que por momentos podría recordarnos a "Las horas" de Stephen Daldry, todo se sostiene sobre tres historias, tres destellos en el tiempo que convergen en uno solo. Tres vidas, tres instantes, tres historias avanzando como corrientes subterráneas para morir en el mar, para morir en el dolor, en la belleza que crece en los márgenes y que busca el consuelo y el sosiego. Tres maneras de contar diferente según la época que miramos y en todas ellas el recuerdo y la sombra del poeta más universal de nuestra literatura. Federico vive en la memoria de todos y aquí también. Su presencia, se intuye en cada movimiento, desde los paseos de Carlos camino al casino, desde la presencia en el verso, desde la letra de un poema que se guarda en un bolsillo...todo es Lorca.  

Un melodrama imposible, una reflexión sobre la represión, un ejercicio de simbolismo lorquiano, que parece fluir desde el inmenso talento del poeta granadino.   

"La bola negra" transita en la memoria pero también en la dignidad. Nos invita a cuestionarnos las máscaras que impone la sociedad para ser aceptados. Y ante todo es un ejercicio de cine tremendo, donde la narrativa visual lo llena todo. La manera de mover la cámara, de acercar el objetivo, de precisar el encuadre, todo nos acerca y nos conmueve a pasos iguales.  

Casi sentimos respirar a la cámara cuando sigilosa se acerca, casi acariciando la piel con mimo, poesía en un suspiro sostenido en el tiempo, una respiración cortada, delicado susurro y a la vez de repente un súbito escalofrío para recordarnos la dureza de la realidad. Una obra que escoge el alma, que conmueve desde la finura de sus aristas, esas que nos recuerda que a pesar de todo estamos siempre hechos de amor, de amor que dar y del reflejo que provocamos en el otro y eso nos iguala como seres humanos haciendo que la emoción surja independientemente de su búsqueda o interés, ajena incluso a un sentido identitario, porque va mucho más allá de eso. 


 
La poesía emerge abriéndose paso frente a la sinrazón, frente al deseo inconcluso del amor     que queda interrumpido por la épica, por esa cosa absurda llamada guerra. Por ese sinsentido que nos priva de algo que no puede compensarse jamás, todo el caudal creativo que queda aniquilado con la muerte del poeta. Cuántas bolas negras han llenado de oscuridad todo. Cuántas bolas negras han costado tanto.  

"La bola negra" vuela alto, como un pájaro que ansía la libertad, traspasando la identidad sexual, rebelándose ante esa disputa entre norma y excepción y todo el dolor que conlleva la atávica sombra proyectada históricamente sobre la homosexualidad. Una sombra que aniquila la esperanza, que extermina el deseo, que nos empequeñece como sociedad. Un ejercicio también de memoria colectiva, de justicia moral frente al odio. 

Nos enfrenta a la culpa, a la clandestinidad, a una memoria heredada. Por eso se antoja necesaria, y para acercarse resulta casi imposible hacerlo sin la mirada limpia, para evitar perdernos la luz que transmite el amor frente a la oscuridad de la cerrazón que emana del odio y la intolerancia. Acercarse a ella desde el prejuicio cercena toda posibilidad de disfrutar plenamente de la belleza poética de una obra maravillosa que nos muestra un espejo sobre lo que significa tener que amar a contracorriente. 

Rubén Moreno 

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