LA CHICA QUE MIRABA A LOS DIAMANTES

  

Érase una vez una chica llamada Holly que vivía en uno de esos edificios rojos del Upper East Side, que tenía un gato sin nombre y que a veces se bajaba del taxi que la traía de vuelta de alguna fiesta para tomarse un café y un croissant frente a Tiffany’s. Envuelta en unas gafas de sol y un vestido largo de Givenchy, unas perlas blancas rodeaban su delgado cuello mientras miraba el escaparate.

Una chica de campo, reinventada en la ciudad que nunca duerme, en el lugar donde todo es efímero, donde el lujo y las apariencias contrastan con la fragilidad emocional de los personajes que la habitan. Una chica libre, adelantada a su tiempo, en un mundo que la quiere enjaular, mientras ella busca la manera de salir siempre huyendo. Sofisticada, glamourosa pero sobretodo ...frágil. Un ser atrapado entre la independencia y su necesidad de amor. La independencia a través del deseo, de su rebeldía a la hora de mostrarse libre para dejar claro que no pertenece a nadie.

Holly asocia su libertad a la supervivencia...”Desayuno con diamantes” nos habla de soledad, de búsqueda de identidad como elemento principal para la conexión emocional, de materialismo, de vacío existencial...pero también de amor. Una soñadora que a veces sale a su ventana y coge un viejo ukelele y canta anhelando un hogar que le permita dejar de huir.

La obra de Truman Capote llevada al cine por Blake Edwards se convierte en una sátira mordaz cínica y realista sobre la vida bohemia y las ambigüedades morales del Nueva York de los años sesenta. Un tiempo convulso donde la modernidad estaba a punto de cambiar la historia para siempre.

Holly se muestra vulnerable y a la vez libre, un ser que no quiere ser atrapada por nadie, cuya apariencia es frívola, alocada, que utiliza la belleza como sustento, pero que busca lo mismo que todo el mundo: ser feliz. Holly elige ser sujeto y no objeto...aunque por ello tenga que pagar su precio. 


 Y frente a Holly, aparece Paul, el prometedor escritor que se queda anclado en un primer medio éxito. Ocupando un apartamento que paga una mujer casada. El chico bueno que idealiza a Holly, autoengañándose, anhelando una integridad que se antoja impostada. Dos seres que enmascaran su existencia, que se venden por dinero, construidos desde la derrota, que buscan su lugar como el gato sin nombre que veremos abrazar bajo la lluvia en una metáfora maravillosa sobre la indefensión, la soledad y el amor.

Aunque el mensaje de Truman Capote puede parecer simplificado en la adaptación cinematográfica, el genio de la comedia Blake Edwards logra capturar magníficamente la esencia emocional de su protagonista, a la vez que demuestra que el glamour y la frivolidad no son más que un artificio, un disfraz que esconde a la verdadera Holly, la que solo busca un lugar donde sentirse en casa. El gran acierto del guión es la sugestión, el subtexto, edificar una comedia romántica llena de buen gusto y sofisticación a partir del áspero texto de Capote que no concede nada al lector. El guión da un toque de distinción que no busca superar al cuento sino hacerlo diferente. La elegancia de su mirada en realidad esconde una realidad mucho más compleja: la soledad en la gran ciudad. Un drama identitario amparado en la búsqueda.

Holly es una contradicción en sí, su eterna sonrisa es sólo una máscara, la que esconde a una mujer sola, insegura que se muestra temerosa de enseñar su vulnerabilidad. Un personaje profundamente humano, que refleja eso que muchas veces podemos llegar a sentir, la necesidad de aparentar fortaleza solo para esconder que lo que en realidad buscamos es conseguir afecto.

Holly es ternura y tristeza a la par, su presencia ilumina la pantalla, pero lo que más conmueve no es su elegancia sino su eterna sensación de melancolía, esa forma de no pertenecer a ningún lugar. Ese modo de mostrar miedo a enfrentarse a uno mismo. Podemos verlo en un detalle maravilloso en su apartamento, un pequeño burro decorativo con flores para recordarle siempre que es la chica de campo reinventada en el Upper East Side.

No es solo una historia de amor, sino también una reflexión sobre la soledad y las máscaras que utilizamos para sobrevivir. Por eso Tiffany’s aparece como un lugar imprescindible, un paraíso al que Holly acude a refugiarse en sus días malos, porque “...allí nada malo puede sucederte…”

"Desayuno con diamantes” es también un viaje que escapa de las apariencias, dulcificado en cada paseo que vemos por una Nueva York absolutamente luminosa y brillante. Los planos contrapicados para dar sensación de enormidad y a la vez de indefensión ante la gran ciudad, la puesta en escena en un apartamento, el de Holly donde podemos encontrar zapatos en una nevera y la cocina vacía, para indicar la rebeldía del personaje que no quiere seguir los estandares femeninos, ...un apartamento vacío, impersonal, lleno de maletas por el suelo, que contrasta con el orden del de Varjak, para enseñarnos que todo en la vida de Holly es transitorio, provisional.

Los planos donde Holly es vista a través de barrotes, nos enseñan que en realidad está atrapada en sí misma. Ese modo de narrar con la cámara, de contar aquello en lo que apenas reparamos, la importancia de los objetos, ...el pequeño burro, el antifaz para dormir, el ukelele, el collar de perlas, la máquina de escribir...

No es casual que tenga un gato, al que no le pone nombre, el gato representa su deseo de libertad, no hay animal doméstico más libre que el gato, y a la vez sin embargo es un animal que vive en casa, que necesita a pesar de su libertad a alguien que lo cuide, igual que Holly, una gata que no quiere ser domesticada por nadie y que sin embargo siempre tiene la necesidad de sentirse a salvo en su hogar.

Rubén Moreno  











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