UN RETRATO DEMOLEDOR DEL SUEÑO AMERICANO
“...Aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo...”
Hay películas imposibles de ver sólo con los ojos, algunas como esta, llevan las cicatrices del primer amor y su eco perdura en el tiempo. “Splendor in the grass” de Elia Kazan es uno de esos milagros cinematográficos, un retrato delicado pero a la vez feroz y descarnado sobre la juventud, sobre el dolor que supone el tránsito hacia la madurez, sobre el peso del deber.
Enmarcada en una época de falsas apariencias y deseos reprimidos, capaz de captar perfectamente la electricidad de dos almas en búsqueda continua, con la urgencia de quien presiente lo efímero de la vida y en especial de la juventud.
La mirada de Elia Kazan se convierte en un poema visual donde la inocencia colisiona de modo inevitable con las expectativas que impone el mundo adulto. El reflejo de una pasión tan pura, tan auténtica, que abrasa, que se diluye en un entorno social cuya rigidez es tan enorme que asfixia. Un canto a la aceptación, al paso del tiempo. Nos recuerda que los años puedan llevarse los días de gloria y la vibrante belleza de la juventud, siempre permanece en nosotros el refugio de la memoria: un rincón invencible donde todo permanece intacto.
“Splendor in the grass” va mucho más allá de un melodrama romántico, su crudeza es a veces sobrecogedora. Kazan critica ferozmente la sociedad enferma de codicia y puritanismo que se esconde tras la fachada idílica de un pequeño pueblo de Kansas. Son los maravillosos años veinte, previos al crack financiero, el entorno retrata el valor de las personas medido en bonos bursátiles y pozos de petróleo, la reputación aparece como una jaula invisible pero asfixiante. Las frustraciones de los padres se reflejan en los hijos e hijas, proyectando un pernicioso juego de ambiciones desmedidas y moral impostada. Los hijos e hijas acaban convirtiéndose meras extensiones de sus estatus.
Y en mitad de toda esta hostil y cruel situación, dos personajes inevitablemente marcados por su destino. Bud Stamper (Warren Beatty) se ve atrapado y angustiado en la obligación del joven que debe cumplir con los mandatos de la masculinidad ruda y el éxito económico de un padre controlador, que ahoga sus verdaderos deseos y anhelos bajo el peso del deber familiar y el orgullo. En el otro lado Deanie Loomis (Nathalie Wood), atrapada en una dolorosa paradoja: la sociedad le exige un decoro y una castidad estricta para ser considerada una “chica respetable” a la vez que las hormonas y la intensidad del primer amor la empujan a una pasión irrefrenable en medio de una brutal represión que navega entre una clara falta de herramientas emocionales para gestionar el rechazo que la llevan al límite de la cordura. El sistema social asfixiante devora la inocencia y deforma la salud mental de la juventud.
Los colores aparecen como un termómetro emocional que delata la represión, la pasión y la pérdidad de la inocencia de los personajes. Así aparecen el rojo como la tentación y el peligro, como color de la pasión irrefrenable, como transgresión social. El verde simbolizando la juventud y el Edén perdido, la primavera de la vida, la frescura del amor pero la belleza es efímera y cuando el verde madura se marchita y da paso al otoño real. El blanco y el pastel para la sumisión, colores de la pureza, de la castidad obligada, de las apariencias burguesas. El color blanco para enmascarar la pulcritud y la inocencia impostada. Hay tonos apagados, terrosos, sobrios, los rojos dejan de ser incandescentes y los verdes ya no deslumbran, algo se ha roto, la inocencia, lo idílico, ...una sobriedad visual que da paso a la madurez, a la calma tras la tormenta y que sin embargo nos lleva a un lugar común dentro de las relaciones humanas: la aceptación melancólica de que el esplendor de la vida ha quedado atrás para no regresar jamás pero donde la belleza del recuerdo permanece intacta.
Deanie recita un fragmento de la “Oda a la Inmortalidad” de William Wordsworth en dos ocasiones diferentes. La primera vez, en clase, está rota por dentro, la voz quebrada, las lágrimas inundando su rostro, incapaza de terminar de recitar. Es una niña con las entrañas arrancadas. La segunda vez, aparece una voz en off mientras un primer plano muestra su rostro dentro de un coche, casi adivinando sus pensamientos, la inocente Deanie, la virginal e ingenua jovencita de Kansas ha dejado de existir para convertirse en la mujer madura que mira el pasado con nostalgia, y quien sabe si incluso con una expresión llena de melancolía.
Rubén Moreno



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