Christine Darbon


Cuando vi por primera vez “Besos Robados”, ya había visto más de una docena de películas de Truffaut. No esperaba encontrarme con una gran historia. Ni siquiera podía pensar que nada me conmoviera más que ver el plano final de “Los Cuatrocientos Golpes”, cuando Antoine Doinel miraba con el rostro desconcertado a la cámara. 

En “Besos robados” Truffaut nos contaba cómo le había ido a aquel niño transcurridos unos años. Era muy escéptico aunque he de reconocer que solo empezar la película y oir “Que reste-t-il de nos amours” de Charles Trenet resultaba de lo más esperanzador. Sin embargo, el arranque de la película me pareció un poco desconcertante y fue en ese preciso instante, sentado en mi sofá favorito a punto de cenar cuando la vi aparecer. Llevaba ese típico abrigo corto años sesenta de color gris, sus piernas al aire bajo la típica minifalda que unos atribuyen a Mary Quant y otros al modisto francés André Courréges. En cualquier caso era como una nueva Catherine Deneuve, menos etérea, más práctica, más humana. Tenía esa fragilidad que daba su cuerpo, el moño alto y la sonrisa pintada. Durante toda la cinta Antoine y Christine tenían encuentros y desencuentros. Incluso Antoine queda fascinado en un momento de la historia por ese objeto del deseo en forma de mujer de su jefe llamada Fabienne Tabard (Delphine Seyrig) pero yo ya había elegido. Fabienne representaba la pasión, el deseo, lo prohibido pero Christine era mucho mejor. Por eso cuando Antoine Doinel se enfrenta al espejo y repite sin cesar Christine Darbon, Christine Darbon, Christine Darbon…yo ya le llevaba dos cuerpos de ventaja a Doinel. Entonces llega una secuencia maravillosamente filmada por Truffaut, el desayuno de Doinel y Christine después de haber pasado su primera noche juntos. Mientras ella le enseña a poner mantequilla en los biscottes sin romperlos, él le escribe en un papel cosas y ella le responde. De repente, Antoine saca un abridor y lo coloca en forma de anillo alrededor del dedo de Christine. La naturalidad del amor en las cosas pequeñas. Nunca sabremos qué habría ocurrido en la vida de Antoine Doinel si no hubiera existido Christine Darbon pero de lo que no cabe duda es que el cine no hubiera sido el mismo para mí si Claude Jade no la hubiera interpretado. Como dijo un crítico de cine “Besos robados” es probablemente la visión más equilibrada del sentimiento amoroso que se ha dado en este siglo" 

"Cien actrices y un papel" 

Rubén Moreno

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