NO DIGA MÁS Y ...JUEGUE.
“¿Por qué no me enamoraría de alguien como usted? - pregunta Fran Kubelik…”Cuestión de gustos, se quiere o no se quiere.”- responde CC Baxter desde el apartamento que éste tenía en el barrio Oeste a cuatro pasos de Central Park.
En 1960 Billy Wilder escribía y dirigía El apartamento (The Apartment) junto a I.A.L. Diamond, uno de los dos guionistas (el otro sería Charles Brackett) que le acompañaron a lo largo de toda su filmografía. Estamos probablemente ante la mejor comedia romántica que jamás se haya hecho, sustentada en la química de su pareja protagonista Jack Lemmon y una maravillosa Shirley McLaine. El otro vértice del triángulo amoroso será el jefe de la compañía Mr. Sheldrake, un brillante Fred MacMurray al que curiosamente Wilder siempre era capaz de sacar lo mejor de él como actor, como ya hiciera en ese prodigio de film noir llamado Perdición (Double Indemnity 1947).
El Apartamento tiene un guión prodigioso donde nada queda al azar, es una historia por momentos amarga, en ocasiones divertida y por supuesto inequívocamente romántica como sello personal del mago vienés.
La fuerza de este film reside principalmente, en su atemporalidad. El film visto casi sesenta años después, se nos presenta con una modernidad apabullante y precisamente es su modernismo el que emana de la propia vida y es que no hay nada más moderno ni más atemporal que las historias cotidianas. Todos los espectadores se sienten identificados con sus protagonistas porque todos alguna vez se han enamorado de la persona equivocada, han negado la realidad que todos veían alrededor y han inventado un ideal de amante que nunca existía.
El triunfo de esta película surge de su facilidad para empatizar con el espectador desde su comienzo, cuando vemos a Baxter, empleado en una compañía de seguros. Su rostro denota lo insulso de su vida. Imaginamos cómo será su vida, suponemos que ocasionalmente visita el MOMA de Nueva York y compra algún póster postmoderno o de la emergente cultura pop que se avecina. Vive a cuatro pasos de Central Park pero a veces no puede ir a su apartamento porque es de esas personas que no saben decir que no cuando alguien les pide algo. En esta ocasión, sus jefes convierten su apartamento en lo que comúnmente podemos llamar un picadero. Esta idea enrevesada del empleado que cede su apartamento para las aventuras extramaritales surgirá en la cabeza de Billy Wilder tras visionar esa joya de David Lean llamada Breve Encuentro (Brief Encounter 1945) e imaginar cómo sería la vida de ese amigo que cedía en la cinta de Lean su piso a Celia Johnson y Trevor Howard.
A partir de aquí Wilder nos sumergirá en ese mundo cambiante que se avecina. En cómo Nueva York poco a poco arrebata a París la capitalidad del planeta. Ese universo de ejecutivos de la Avenida Madison (reflejado posteriormente de manera fiel en la serie Mad Men de Matthew Weiner) que engañan a sus mujeres al salir de la oficina pero que tienen que coger el tren a su hora (de lo contrario habría demasiadas explicaciones que dar) hacia las afueras donde viven en cómodas casas con esposas pacientes, con la cena preparada y los niños acostados. Un mundo de Dry Martinis, cigarrilos Chester, oficinas de 9 a 5 y por supuesto de doble moral e hipocresía. La grandeza de esta obra maestra está en que Wilder presenta ante una sociedad tan hipócrita como la americana de finales de los cincuenta y principios de los sesenta un tema controvertido: el adulterio, y además lo hace poniéndose del lado del débil, en este caso la pobre ascensorista que representa a millones de mujeres soñadoras que busca simplemente que las amen de verdad y no las utilicen, ni las engañen. Cuando Shirley McLaine mira a la cámara con sus increíbles ojos reivindica su papel en medio de una sociedad machista. Defiende a la mujer independiente frente a la sometida por dicha sociedad. Hasta ese momento la mujer ha sido un ser al servicio del hombre. Fran Kubelik, su personaje, se ha enamorado de un hombre casado que promete constantemente que dejará a su esposa…seguro que a muchas mujeres de cualquier década o generación les suena esto. Aquí surgirá el lado ineludiblemente romántico de Wilder. El genial director austríaco que fue tildado por sus críticos de mordaz, corrosivo, irónico o sarcástico escondía sin duda un romanticismo que a veces parecía darle pudor reflejar abiertamente en la pantalla.
Wilder influirá indirectamente en directores como Woody Allen. Sus constantes declaraciones de amor a Nueva York tienen como máximo exponente Manhattan (Manhattan 1979) y un travelling final que seguro que Allen rodó recordando esta película. Aunque quien prácticamente calca la secuencia sea Nora Ephron en Algo para recordar (Sleepless in Seattle 1993) cuando Meg Ryan corre hacia el Empire State.
En cualquier caso, estamos ante una película irrepetible que nos habla de temas tan universales como la soledad, el sexo, la dignidad, la ambición y sobretodo del amor, ese sentimiento por el que se mueve el mundo.
(“…la quiero señorita Kubelik…” “…No diga más y juegue…”)
Rubén Moreno


Comentarios
Publicar un comentario