LAS IDENTIDADES DIFUSAS
Todos llevamos puesta una máscara que oculta todo aquello que no queremos que los demás vean de nosotros mismos. Esa especie de protección ante lo desconocido o simplemente ese apoyo para no sentirnos vulnerables es lo que vertebra la existencia en realidad. La vulnerabilidad de aparecer sin máscara nos precipita, nos coloca ante abismos de los que preferimos siempre huir.
“Quién te cantará” de Carlos Vermut es un maravilloso ejercicio de cine que ahonda en esos abismos de los que queremos escapar, a través de la historia de dos mujeres, Violeta y Lila que buscan su identidad una a través de la otra. Para alimentar además esta especie de muñeca rusa emocional, nos encontramos con otros dos personajes femeninos que dibujan las personalidades de nuestras protagonistas. Por un lado, Marta, la hija de Violeta, una adolescente perdida, que busca a través de la violencia y el sometimiento su afirmación y Blanca, la asistente de Lila, que también persigue su identidad por medio de Lila. Las cuatro son mujeres insatisfechas con sus vidas, ninguna quiere ser lo que es, todas querrían ser algo distinto y es a través de esa búsqueda identitaria que crecen los personajes con mayor o menor fortuna.
Las inevitables referencias del film no merman para nada su excelencia sino que la hacen más potente tanto visual como emocionalmente. En “Quién te cantará” podemos encontrar un estilo bergmaniano que se abre paso a través de “...un interesante juego de espejos...” como apunta certeramente Jesús Mármol en su publicación de la revista Sin Final En el Guión, nombrándola mejor película del año 2018 . Un ejercicio de mujeres que se reflejan unas en otras para penetrar en un tipo de trasmutación, de mimetización podría decirse. Se produce una suerte de simbiosis entre Violeta y Lila, de relación casi vampírica, que bebe también de los ecos más hitchcockianos que adereza brillantísimamente como siempre la partitura de Alberto Iglesias.
En esta transposición de identidades Carlos Vermut nos desafía constantemente alejándonos de todas las certezas que podamos ir adquiriendo. La máscara aparece de nuevo para huir de la vulnerabilidad, para encontrar alivio a la angustia...nadie como Najwa Nimri y sus inquietantes ojos para lograrlo. El carácter poliédrico de unos personajes cuyo sufrimiento atraviesa la pantalla puede adivinarse cuando asistimos a un momento prodigioso de interiorización a través del rostro de Eva Llorach en una de las secuencias claves del film. Un tránsito al que asistimos en tiempo real, que nos emociona por toda la verdad que transmite y que lejos de ser pretencioso se convierte en absolutamente necesario. El cine de Vermut tiene la cualidad de entregar al espectador la posibilidad de reflexionar sobre lo que vemos sin dogmatizar. En este pleno intercambio de identidades confusas que se van diluyendo, de trasvase emocional, surge la sugestión como elemento clave, nada se da por sentado o queda explícito.
Adentrarnos en el cine del director de “Magical Girl” supone alejarnos de la inmediatez que parece invadirnos por todas partes. Supone aceptar que todas las cosas tienen un tiempo y que esos tiempos son tanto parte de la estructura que tenemos ante nosotros como del contenido. El gusto por el detalle, por la precisión, por un modo de hacernos mirar son características ya de la personalísima filmografía de Carlos Vermut.
En definitiva, “Quién te cantará” no es sino la historia de una metamorfosis, de un tránsito vital hacia la búsqueda personal. Una escapada hacia universos enigmáticos como los de Lila Cassen o Violeta. Un contínuo simbolismo que parte incluso desde ese color morado que aparece en determinadas escenas, esa mezcla de rojo y azul, de fuego y frío que entronca con ellas dos. De un lado, el color violeta es más fuerte, aunque evoca nostalgia, es más determinado, un color dispuesto a triunfar, así es Violeta. Por otro lado si ese morado lo combinamos con el blanco surge el lila, un color que se nos muestra quizá más amable, menos intenso, ligeramente menos fuerte, un color que necesita de la aceptación, justo como le sucede a Lila Cassen.
Vermut juega con nosotros en un trasunto de apariencias figurativas muy interesante, nos muestra a la diva de la que creemos jactarnos de conocer cómo es, ya que en apariencia lo tiene todo, pero ese todo no es más que una máscara que oculta su vulnerabilidad. Frente a ella, el reverso de este espejo singular, Violeta, más fuerte, hecha a sí misma, sorteando dificultades, dispuesta siempre a sobrevivir, y sin embargo, otra vez el director juega con nosotros, porque Violeta utiliza a su vez, otra máscara para mostrarse así, en realidad la toxicidad y dominio de su hija Marta, la convierte en alguien que no quiere ser, que parece odiarse a sí misma, alejada de ese aparente vigor. Todo se transforma en un ejercicio de negación de la identidad. Dos personajes llenos de aristas que el espectador va a ir descubriendo lentamente y por sí mismo, que van a ir despojándose de sus máscaras para permitirnos entrar en su vulnerabilidad, en su fragilidad mientras en ambas se produce el mimetismo de formar parte de dos caras de un mismo espejo hasta convertirse en una sola.
El film nace con el mar y muere con éste, un círculo que se abre y se cierra a través de esa metáfora que también supone el propio mar. La superficie es lo que vemos, el fondo, lo que intuimos y no llegamos a conocer, así son estas dos mujeres convertidas en una. Entre tanto la imagen se diluye frente a nosotros como un espejo que se empaña para tapar la realidad y volver a mostrarnos esa máscara que nos permita protegernos de nuestra fragilidad.
Rubén Moreno



Gracias por darnos a conocer este cine difícil de ver en los circuitos
ResponderEliminarGracias a ti por leerme. Un saludo
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