ENCONTRÁNDONOS A NOSOTROS MISMOS




  
Arnold Van Gennep, etnógrafo francés,  introdujo el término liminal  (posteriormente adoptado por Victor Turner) para explicar lo que sería el estado de apertura y ambigüedad que caracteriza a la fase intermedia de un tiempo-espacio tripartito (una fase preliminal o previa, una fase intermedia o liminal y otra fase postliminal o posterior). La liminalidad trata de una manifestación anti-estructura y anti-jerarquía de la sociedad, es decir, de una situación en donde una comunión "espiritual" genérica entre los sujetos sociales sobrepasaría las especificidades de una estratificación. Es un momento donde lo trivial queda suspendido y por tanto se produce el paso entre una condición social y otra.

“El viaje de Chihiro” de Hayao Miyazaki es precisamente un viaje liminal al mundo de los espíritus, donde la protagonista Chihiro,  de nueve años quedará alejada de todo lo que conoce. El acierto principal que esta cinta de la factoría Ghibli consiguió en 2001 estriba en la facilidad para adentrar al espectador común en el universo particular del cine de Miyazaki y dotarle de las herramientas necesarias para transitar por la historia absolutamente embebido del espíritu aventurero,a la vez que filosófico del cuento que nos relata el director nipón. 


Nada de lo que ya pasó es olvidado. Incluso si ya no lo recuerdas.

Esta aventura iniciática tiene mucho que ver con la historia que Lewis Carroll nos regaló con “Alicia en el país de las maravillas” y representa el paso de la niñez a la adolescencia para posteriormente convertirse en adulta. Un paso siempre traumático que es retratado aquí a través de continuas metáforas incluso de enorme poder visual que confieren a la cinta una personalidad destacable alejada de moralismos. Chihiro tendrá que seguir luchando para forjar su nueva identidad. Es aquí donde Miyazaki crítica a la sociedad moderna nipona que a base de globalizarse empieza a perder convenciones sociales que tanto culturalmente como a otros niveles están quedando olvidadas tristemente.  Se trata de la vuelta a una serie de valores que han perdido vigencia, Chihiro representa en el fondo a un país, el japonés, que pierde la consciencia de lo que fue para caer en las garras del materialismo económico minusvalorando temas tan trascendentales como la contaminación medioambiental. La crítica de Miyazaki no solo se centra en este aspecto sino que ahonda en aspectos tan preocupantes como la corrupción o los excesos económicos  que llevan a la destrucción de la naturaleza para construir complejos urbanísticos. 


Miyazaki  elabora todo un universo de personajes llenos de simbolismo que dotan a la cinta de un mensaje muy claro y que empasta perfectamente con los ideales más nobles pisoteados por una sociedad que va enfermando ante la pasividad de sus propios miembros. 


Tras crear ese maravilloso personaje llamado “Totoro” en la película de 1988, ese espíritu que vive en Tsukamori, el bosque donde los totoros tienen su hogar, el director nipón consigue narrarnos otra historia llena de magia y fantasía en “El viaje de Chihiro”. Capaz de imbuirnos en su estilo visual donde el autor influido notablemente por aspectos biográficos deja entrever su preocupación por temas como el paso de la infancia, etc, Miyazaki alcanza notablemente su objetivo de hacernos partícipes de su universo personal. Algo que conseguiría también en 1997 con “La princesa Mononoke” de una factura visual  en la que la animación por computadora aparece como elemento principal, aunque los personajes fueran todos dibujados a mano para no perder la esencia.


Ganadora del Oscar en 2002 a la mejor cinta de animación, esta película es mucho más que su envoltorio, su componente filosófico por encima de todo atrapa al espectador. Miyazaki reflexiona sobre el valor del trabajo en una sociedad cada día menos espiritual y más pragmática, entendiendo el pragmatismo en el sentido más peyorativo. La esperanza ante un mundo nuevo posible queda en manos de los nuevos héroes, aquellos que nunca se rinden ante las dificultades, valor que encarna como nadie la pequeña Chihiro. 


En cuanto a la estética, esta película aúna modernidad y tradición al conjugar la antigua manera de conducir el cine de animación con las nuevas técnicas emergentes dotando a la película de un estilo visual muy atrayente. 


Nos adentramos claramente en las más arraigadas tradiciones japonesas para vivir la aventura de Chihiro, donde podemos encontrar en perfecta armonía a kamis y a yokais de diversos tipos. Tanto los primeros en su calidad de deidades como los segundos en la de espíritus e incluso demonios convergen para entremezclar sintoísmo y magia.

Cuando los padres de Chihiro son convertidos en cerdos, el director nos está explicando a través de dicha metáfora cómo de peligroso es el mundo del materialismo económico que desprecia los valores realmente humanos. Sin embargo ante el panorama desolador que el futuro siglo parece deparar surge la esperanza en forma de la pequeña Chihiro. Ella supone la bocanada de aire fresco para intentar cambiar ese mundo nuevo que llega y que no parece mostrar humanidad alguna. Como la mayoría de los personajes de la factoría Ghibli, la protagonista es una mujer, en este caso nuestra niña de 9 años cuya personalidad poliédrica es lo que la convierte en heroína, reivindicando el papel de la cotidianeidad como elemento esencial para ser un líder, alejada de los estereotipos de las grandes personalidades salvadoras del mundo, aquí vemos a una niña normal, algo flacucha y que sin embargo posee la fuerza necesaria para no desistir de lo que persigue.

Es esa vuelta al pasado ancestral japonés el que devolverá al país a su esplendor en un plano estrictamente humano donde todo fluya en armonía y donde la espiritualidad se imponga al nuevo universo reinante de la codicia, el materialismo y la ambición. 

Rubén Moreno

Comentarios

Entradas populares de este blog

LA VOZ DORMIDA

OCHO MIL CAPAS

EL SENTIDO DE LA VIDA