ÉRASE UNA VEZ...EN LONG ISLAND





“Érase una vez en la costa norte de Long Island…” así comienza uno de los cuentos más bonitos de la historia del cine. La segunda aparición importante de Audrey Hepburn en la gran pantalla. Sabrina (Sabrina 1954) del maestro Billy Wilder  supone la consagración de la actriz que había maravillado al mundo en su debut en Vacaciones en Roma (Roman Holiday 1953) a las órdenes de William Wyler sólo un año antes.



Sabrina es un cuento de hadas,  una revisitación de la Cenicienta que encuentra el príncipe azul,  aunque con el inconfundible aroma de ese romántico empedernido que fue Billy Wilder. El genio austríaco siempre presumió de ser un mordaz, sarcástico e irónico personaje pero vista su filmografía es evidente que bajo esa fachada siempre se ocultó un cultivado romanticismo quizá adquirido por su procedencia natal, la Viena imperial. Sabrina Fairchild va a convertirse en un personaje imprescindible en la filmografía de Wilder pero sobretodo en la de Audrey Hepburn. Lejos de la irreverencia de otras comedias suyas, el mago vienés compone un cuento delicioso que tiene todos los ingredientes necesarios para ser paladeado sin caer en el peligroso terreno de la ñoñería. Rozamos el terreno de la opereta vienesa, donde el apuesto príncipe (aquí el joven playboy David Larrabee) se enamora de la camarera (aquí la hija del chófer Sabrina Fairchild) y el rey envía al Primer Ministro (aquí el juicioso y responsable Linus encargado de los negocios familiares) a deshacer la historia de amor.




Sabrina no escatimó en lujos a la hora de mostrarnos ese mundo fastuoso de los magnates norteamericanos que trabajan en Manhattan y cuyas mansiones se sitúan en Long Island. Esos acaudalados hombres de negocio que pasan el verano en sus adorables casas veraniegas de los Hamptons, un mundo de riqueza, de fiestas glamourosas y sobretodo de familias ricas que se casan entre ellas para asegurarse fusiones de sus empresas. Ese universo endogámico que está vetado a cualquiera que no pertenezca por ejemplo al mundo de los Larrabee. Además es un derroche de buen gusto que se refleja en el vestuario de Givenchy supervisado por la gran Edith Head, la mansión con sus pistas de tenis cubiertas y al aire libre, esos bailes, la colección de coches, ese standard tan americano y tan cantado por tantos crooners “Isn’t it romantic” que suena mientras bailan o esa “La vie en rose” que Audrey tararea constantemente…Un exquisito trabajo de fotografía, un dechado de como dicen los franceses savoir faire.




Ésta es una historia sencilla, que se aleja de artificios y que tiene como mayor virtud el sello inequívoco de Billy Wilder. La naturalidad de su humor, unos diálogos frescos y chispeantes, unas interpretaciones brillantes que tienen en Bogart y Holden un duelo interpretativo memorable completando ese delicioso triángulo amoroso con Audrey. Técnicamente estamos como casi siempre que el cineasta austríaco estaba al mando ante un ejercicio de contención con la cámara. Wilder, mueve lo justo la cámara, no hace alardes innecesarios y sobretodo tiene una puesta en escena con precisión milimétrica.




Por otro lado, ésta es una cinta donde el amor puede con cualquier barrera social, y más si el amor lo encarna Audrey Hepburn con esa sonrisa que inunda la pantalla cada vez que mira a Linus (Humphrey Bogart) o a David (William Holden) y es que Sabrina huye de ser pretenciosa, solo es un cuento de hadas con final feliz, una película sin dobles lecturas que corría el riesgo de ser excesivamente almibarada y  que Wilder a base su sarcasmo e ironía, en claro homenaje a su maestro Lubitsch, nos convirtió en una deliciosa comedia romántica donde el humor está constantemente presente pero donde sobre todo el amor es el verdadero protagonista.




Sabrina conoció un remake posterior dirigido por Sydney Pollack que si bien es una obra correcta con unas interpretaciones bastante acertadas por parte de Harrison Ford y Julia Ormond, carece sin embargo de la frescura de la original. Siempre nos quedaremos con Audrey y su maravilloso corte de pelo recién traído de París, la ciudad del amor de donde Sabrina Fairchild regresa para robar el corazón de los Larrabee.


Wilder, como ya dijimos al principio, siempre fue un romántico empedernido envuelto en un disfraz mordaz lleno de sarcasmo. Su filmografía así lo atestigua. Nunca olvidaré la primera vez que vi Sabrina. Una calurosa noche de verano de hace muchos, muchos años…cuando en prime time se emitían este tipo de películas. Eran otros tiempos, otras películas y sobretodo otra manera de ver las cosas.  




Finalmente, el cuento termina y yo me retiro a mi árbol junto a la mansión de los Larrabee porque oigo música y creo que está sonando “Isn’t it Romantic” y no quiero perdérmela.        



                    Rubén Moreno


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