Del dolor al perdón



Un joven francés, Adrien, aparece en un pequeño pueblo alemán poco después de terminar la I Guerra Mundial a poner flores en la tumba de un soldado alemán. 
A partir de aquí comienza "Frantz", una cinta dirigida por François Ozon que toma como referencia tanto la obra de Maurice Rostand como al drama antibelicista "Remordimiento" de Ernst Lubitsch.  
Ozon sin embargo proporciona su estilo propio a través de un drama que consigue emocionar sin caer jamás en la autocomplacencia.
Construida a través de la introspectiva mirada de Anna su personaje femenino, interpretada por Paula Beer de forma concisa, contenida y absolutamente solvente, "Frantz" nos propone temas que debemos resolver de modo individual y sin vanas generalizaciones. La culpa, el desamor, la expiación, el dolor, el sinsentido de la guerra, la necesidad de empatizar,...todo se nos muestra en un envoltorio maravillosamente rodado, con un severo blanco y negro que se torna color cuando se evoca al personaje ausente de "Frantz". 

Un film que muestra la necesidad de continuar viviendo y dejar el dolor del pasado a pesar de ser éste el que falsamente alimenta la vida de los que lloran al ausente. 
La evolución del personaje de Anna y su crecimiento a lo largo de la historia para acabar siendo dueña de su propia vida  queda reflejada en la referencia final al cuadro de Édouard Manet "Le suicidé". 
El uso de la música es otro elemento aglutinador, a la vez que usado metafóricamente tanto por Adrien al violín en Alemania como por Anna al piano en París. El paralelismo que surge en ambas escenas queda ejemplificado a través también de la referencias al poeta Verlain quien fuera pareja de Rimbaud, cuando el espectador parece estar intuyendo una relación homosexual entre Frantz y el personaje de Adrien, que quizá es otra más de nuestras suposiciones como espectador. Y es que otro de los aciertos es sin duda la de no dar nada por sentado, no todo es lo que parece. En "Frantz" como en la vida las decisiones de los personajes no les pertenecen nada más que a ellos, siendo el espectador un privilegiado que se asoma a sus vidas planteándose las preguntas que se cuestionan a través de gestos, miradas y sobretodo intuiciones. La grandeza de "Frantz" estriba precisamente en huir de clichés y tópicos. Es sobria pero a la vez emociona. 
Podría caer Ozon en un absurdo maniqueísmo del que sin embargo huye brillantemente. La facilidad para mostrar la intolerancia como germen independiente del lugar del que proceda, queda reflejada en dos escenas brillantes donde a un himno alemán que pretende excluir al intruso francés de Adrien, el director responde con una interpretación de “La Marsellesa” que pretende lo mismo con Anna cuando ésta viaja a París. La reflexión del padre de Frantz sobre el patriotismo mal entendido de los padres que empujan a los hijos a combatir en guerras absurdas que no hacen sino mantener y hacer crecer el odio entre naciones es probablemente de lo más lúcido que se ha escrito en los últimos años. 
Una película que probablemente engrandece aún más la figura de Ozon como uno de los directores más grandes que posee el cine galo actualmente. 
Un ejercicio de cine, estéticamente brillante, donde la luz y el color evocan otro cine y a maestros como Dreyer o el propio Renoir, una película que te atrapa a través casi de un susurro, donde las presencias se imponen a las ausencias y donde la vida se impone a la muerte, al pasado y a la melancolía. 
Rubén Moreno

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