EN NOMBRE DE LA DEMOCRACIA




La crisis económica provocada por la banca en 1929 provocó el auge de los llamados autoritarismos entre los que destacaron el fascismo y el nazismo. Auspiciados por las clases pudientes, que los financiaron, supieron lavar el cerebro de una sociedad que malvivía y que equivocadamente vio en estos movimientos,  un modo de vida mejor. No supieron prever que estábamos abocados al mayor conflicto bélico jamás padecido. En medio de ese conflicto surge la figura de un hombre que marcará el siglo XX de forma negativa: Adolf Hitler.
En 1940 en plena locura y con la Segunda Guerra Mundial comenzada, un genio del cine llamado Charles Chaplin realiza una parodia memorable donde ridiculiza al dictador alemán y a toda clase de autoritarismo. Estados Unidos aún no ha entrado en guerra y el mundo parece desangrarse por culpa del nazismo. En ese ambiente absolutamente desolador aparece una película que con el paso de los años ha conseguido alcanzar la categoría de obra maestra del cine y un icono del séptimo arte. Estamos hablando de “El gran dictador”.
De entre todas las virtudes de esta cinta, su mayor acierto sin duda es la atemporalidad de su mensaje. Casi ochenta años después de rodar el discurso final su importancia sigue vigente. La increíble manía del ser humano por hacerse daño sigue siendo uno de los enigmas que muchos no llegamos a entender a pesar de repetir los mismos errores históricos.  La corriente de demencia que el mundo sufrió en la década de los treinta desembocó en una guerra que acabó con la vida de millones de seres humanos y con un genocidio judío absolutamente vergonzante. Chaplin quien siempre destacó por su individualidad y su personalidad propia, alejadas del establishment supo plasmar en su película todos los peligros que los autoritarismos traerían al mundo. Incapaz de permanecer impasible, esta parodia es mucho más que una comedia crítica con las dictaduras, es un tratado de intenciones. Una extraordinaria visión de lo que el mundo podía padecer si no se prevenía de los “salvapatrias” autoritarios que quieren imponer su pensamiento al resto valiéndose del terror y de la fuerza.
La habilidad de Chaplin a la hora de contar historias comprometidas socialmente venía ya de su época del cine mudo y es que este genio del celuloide siempre fue capaz de denunciar injusticias sociales basándose en uno de los principios más elementales que existen para criticar: el humor.
El humor inteligente que ridiculiza al poder, al pensamiento único, a la sinrazón…Chaplin nos emociona en ese discurso final donde apela a la bondad de los seres humanos, a la humanidad, a no dejarnos dominar por las máquinas que nos coartan la libertad. No podemos permanecer impasibles mientras se tortura y encarcela, mientras los dictadores se amparan en una supuesta seguridad nacional. Como dice Chaplin “…mientras el hombre exista, existirá la libertad…”.
La individualidad del ser humano no debe confundirse sin embargo con el egoísmo, el ser humano debe ayudarse entre sí, solo a través de esa solidaridad humana el enemigo puede ser derrotado. Chaplin sustenta su mensaje desde una posición totalmente cristiana, cuando en medio del discurso recoge una cita de los Evangelios en la que se exhorta al hombre a reclamar su derecho al poder…” el Reino de Dios no está en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos”.
El maestro del humor nos emociona desde la palabra, apelando al poder que cada ser humano tiene por sí mismo. El poder que es del pueblo y que ha sido arrebatado debe regresar a su legítimo dueño, solo así podrá construirse un mundo mejor.
Lamentablemente esta diatriba que vivimos constantemente no hace sino acrecentar la idea de que el hombre no aprende de sus errores históricos y está condenado a repetir situaciones realmente desoladoras. El escenario que se plantea en “El gran Dictador” reflejaba un modo de vida horrendo que acabó con la vida de millones de personas pero curiosamente por muchas décadas que pasen el ser humano se empeña en no aprender de su propia existencia.
El propio Chaplin sufriría años después su propia “condena” cuando el Hollywood de la famosa Caza de Brujas lo calumnió, lo persiguió y lo hostigó hasta hacer que tuviera que marcharse para no regresar. Sus acusaciones de antiamericano, la imposibilidad de ser una mente libre en una sociedad que había hecho de la paranoia un modo de vida le llevaron a embarcar en el Queen Elizabeth y partir de un país al que Chaplin había dado todo su talento y saber hacer. Un país que había sido un ejemplo en la lucha de las libertades ahora fiscalizaba las vidas de sus conciudadanos censurando cualquier comportamiento que se saliera de las normas que unos pocos establecían. Los autoritarismos habían cambiado su apariencia pero ahora actuaban de un modo más soterrado y Chaplin, un espíritu libre no estaba dispuesto a sufrirlo y regresó a la vieja y decadente Europa  a seguir luchando por “…el mundo de la razón…”
Rubén Moreno
Referencias
₁,₂,₃, (“El gran Dictador” Charles Chaplin, 1940)

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