BARBRA...Y LOS DEMÁS





“La quieres más a ella, reconócelo” dice Susan Lowenstein . “No, sólo hace más tiempo.” Responde Tom Wingo justo antes de su último baile en el Rainbow Room de Nueva York. Acaba de terminar todo entre ellos pero Tom Wingo nos dejará un monólogo final brillante donde mirando al cielo sureño repite aquello de “ojalá repartieran dos vidas a cada hombre y a cada mujer…” .

Estamos ante un nuevo desengaño amoroso de Barbra Streissand en la gran pantalla. Esta actriz y cantante irrumpía con la fuerza de un ciclón en su debut cinematográfico allá por 1968 cuando el maestro William Wyler la dirigía en el biopic de Fanny Brice la chica que a principios de siglo ponía patas arriba los teatros de Broadway con el espectáculo del gran Ziegfield.

La carrera de Streisand en el cine viene marcada sin duda por este debut. Sus papeles siempre han seguido un patrón similar  y la actriz nacida en Brooklyn se ha movido siempre de forma muy cómoda en sus diferentes roles. Los personajes de Streisand han transitado casi siempre entre el drama y la comedia y así tanto en el remake de “Ha nacido una estrella” que interpretara en 1976 como en su archiconocido papel en “Yentl” la actriz y cantante  estaba muy por encima de ambas películas. De entre toda su carrera rescatamos tres momentos que ejemplifican su “mala suerte” a la hora de elegir compañeros de viaje sentimentalmente hablando en la gran pantalla.

Comenzaremos un viaje en el tiempo que se inicia en 1991,  en Manhattan en la consulta de la psiquiatra Susan Lowenstein y cómo la llegada de Tom Wingo (Nick Nolte)  le hará volver a sentirse viva de nuevo. Un Tom Wingo cuyo viaje a Nueva York acaba siendo un regreso a los lugares más traumáticos de su infancia a través de la terapia, para acabar renaciendo como un nuevo Tom que desecha lo negativo de su existencia para encarar el futuro de modo más esperanzador. En todo ese viaje el papel de Susan Lowenstein será crucial y por eso la cena en el Rainbow Room, en el Rockefeller Center nos deja esa maravillosa frase que encierra tantas cosas. (“…no, solo hace más tiempo…). 


Hemos asistido a este gran desengaño amoroso que tiene un precedente aún mayor dieciocho años antes. En 1973, Sydney Pollack la dirigía junto a Robert Redford en “Tal como éramos” (The way we were), la historia de Hubbel Gardiner y Katie Moroski a través de tres décadas en la vida de los Estados Unidos. Pollack retrata en sus personajes las dos Américas que siempre han convivido, la despreocupada, superficial pero que sabe cómo disfrutar de la vida como nadie que representa Hubbel y la América comprometida socialmente, que lucha por los derechos y no se rinde ante la tiranía y la opresión,  que simboliza Katie. Esta lucha de caracteres entre ambos personajes, nos sirve para introducir una historia de amor con mucho mayor realismo del que parece apreciarse a simple vista. Katie y Hubbel no pueden vivir separados pero tampoco juntos. Sus enormes diferencias a la hora de entender el mundo en el que viven les llevará por distintos caminos y deja para el recuerdo una secuencia final memorable con Katie acariciando el mechón de pelo rubio de Redford con el Hotel Plaza detrás y toda la amargura en sus rostros  y una frase demoledora en mitad de la película para hacernos reflexionar sobre la actitud como compromiso moral: “…las personas son sus principios…”

Y llegamos al inicio, 1968,  al debut que marca la carrera de Barbra Streisand. Su memorable interpretación de Fanny Brice le valió el Oscar de la Academia.

La chica graciosa (funny girl), de barrio, no dotada especialmente para formar parte del star system  que se enamora perdidamente de Nick Arnstein, un Omar Shariff brillante que representa todo lo que Fanny soñaba. Es guapo, es un hombre de mundo, distinguido, con modales,  tiene clase y además…la quiere. Solo existe un pequeño problema, Nick Arnstein es un jugador de póker que ha perdido la buena racha que le acompañaba y ahora simplemente se ha convertido en una especie de lastre para la Fanny Brice que llena los teatros y es brillantemente aplaudida cada noche. Surge en Arnstein un complejo de inferioridad donde el orgullo puede más. La triunfadora Fanny ha perdido quizá la perspectiva y su “hombre perfecto” ya no lo es tanto. Aún así la devoción hacia Nick continua intacta y a pesar de las decepciones continuas, Fanny no puede dejar de querer a Nick. El número musical que cierra la cinta de William Wyler, se convierte probablemente en la mayor declaración de amor que jamás una mujer ha hecho a un hombre.

La interpretación del tema “My man” de Barbra Streisand es simplemente espectacular y se convierte casi diríamos en un tema recurrente en la posterior filmografía de la genial artista judía. Su magnetismo para atraer personajes femeninos fuertes con problemas sentimentales la convierte en una de las “sufridoras” oficiales de Hollywood. 
Rubén Moreno

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