LA CHICA DEL LAUREL
“… la buena letra es el disfraz de las mentiras…”
Rafael Chirbes
Ana (Loreto Mauleón) intenta sobrevivir y sacar adelante a su familia, en un pueblo valenciano durante la posguerra. Su marido, Tomás, gana un mísero jornal, no tienen café, solo achicoria, son tiempos de miseria y hambre, vividos con la máxima dignidad desde el anhelo de una vida mejor.
“...te gusta coser, Ana? Es lo que toca…”
Ana es la auténtica protagonista de esta historia de conversaciones susurradas, de sueños frustrados y de deseos de esperanza de una vida más bonita. Un relato intimista sobre el sacrificio y el silencio que huye, sin embargo, de la victimización con la dignidad de las mujeres que reconstruyeron este país tras la sinrazón de la Guerra Civil y la posterior y cruel posguerra, sobretodo en los hogares de los derrotados.
Conmovidos desde la cotidianeidad, desde la importancia de las pequeñas cosas...un guiso con laurel, un botón que coser, algo que planchar o simplemente una ropa tendida al sol...pequeños gestos que definen a un personaje que representa a todas esas abuelas y madres que nos han criado.
Tiempo de silencios, de sacrificio y trabajar duro para los de siempre y de aprovecharse de eso, también los de siempre, y aunque el contexto histórico y político queda fuera de campo por la necesidad de contar otras cosas, son esos pequeños gestos y sobretodo la importancia, en principio banal, de los objetos la que nos devuelve ese contexto, constantemente.
Un coche nuevo, una radio, un trabajo mejor, subrayan sin acentuar el cambio de ideales o simplemente el modo de sobrevivir, que incluso de modo inconsciente desencadenan todo el desarrollo final.
...dicen que hay marineros que prefieren no saber nadar, así si se hunde el barco se ahogan primero y dejan de sufrir…
Magnífica y dolorosa metáfora para explicar el sentimiento de derrota y traición de Tomás, el marido de Ana. El hombre que soñaba una vida mejor para su hermano porque él pensaba que su Antonio, se la merecía, cuando quién siempre se la mereció fue él.
Hay una necesidad casi vital de salir de los muros del hogar, de coger aire, algo que visualmente emparenta a esta película con “La tierra tiembla” de Visconti, ...una necesidad de contar todo aquello que no se dice a través de, por ejemplo, una bicicleta, de una comunión, de un pasodoble, de un padre y una hija, que nos lleva irremisiblemente a “El Sur” de Víctor Erice también o a “El espíritu de la colmena” cuando Ana se emociona frente a una pantalla de cine.
Una
hermosa reflexión sobre los sueños por cumplir, que sentiremos con
las cartas ficticias, con la nota que inventa Ana, con unos
pantalones que se prueba a escondidas o toda una vida fabulada desde
ese mundo interior que permite a esta mujer ser libre desde sus
ilusiones, esas que de forma material quedan cercenadas por el
contexto social de la época.
Ana es todas esas mujeres que soñaron con ir a París algún día, con poder estudiar, con hacer algo más que cuidar de la casa. Está atrapada en todas las convenciones sociales del momento, tanto de género, como morales, y lo peor, sabe que no puede escapar... esto está además retratado con una sutileza enorme por medio de los encuadres. Ana aparece siempre a través de marcos, de puertas, de ventanas que la encapsulan, que la aprisionan, que la limitan. Por eso, es maravilloso ese momento final solo para ella tomando el sol, como mucho antes ha hecho su cuñada mientras ella tendía la ropa en la azotea.
Ana es el reflejo de toda una generación que sufrió en silencio el rigor de un tiempo, construido sobre el dolor, sobre la pérdida... que se pasó la vida hablando en voz baja, con el miedo en el cuerpo, con la sensación de que existía otro modo de vivir que jamás podrían tener. Es la generación de aquellas mujeres que vieron su existencia limitada a las labores del hogar, a la iglesia, a la costura, a la sumisión. Criadas con el yugo religioso y moral encima, donde el pecado y la culpa asfixiaban cualquier atisbo de libertad. Una especie de laberinto vital del que no poder huir. El hogar, se presenta como un lugar de curiosa paradoja, es el refugio donde todo queda a salvo y sin embargo, es a la vez, ese lugar que hace desvanecerse los sueños, ilusiones o deseos.
Por eso emociona tanto, ese momento desgarrador filmado a través de un plano secuencia casi pudoroso en el que Ana y Tomás bailan en su dormitorio “Amar y vivir” de Antonio Machín y mientras se abrazan podemos sentir la fisicidad de sus cuerpos y el dolor entre ellos cuando escuchan “...no quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue, quiero gozar esta vida, teniéndote cerca de mí hasta que mueras...”
“La buena letra” es un sentido homenaje, lleno de honestidad, a esas madres y abuelas, cuyo quejido mudo e invisible se enmascaraba en el gesto sobrio y sufrido de la quietud. A la rabia contenida, a las heridas instaladas en la tristeza.
Hay un peso enorme en la ausencia, en ese tránsito identitario que limita a Ana, una mirada de pesadumbre, una tristeza en los ojos, un poso de amargura, ...hay poesía en el modo de mover la cámara y en mitad de la oscuridad un destello de luz, de esperanza en ese momento al sol que citábamos antes. Ese momento para ella sola, que nos recuerda la importancia de las pequeñas cosas.
Rubén Moreno

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