THE LONG AND WINDING ROAD
“The Long and winding road” de The Beatles, es una de las cinco mejores canciones que jamás se han escrito. Un título que vendría perfecto para definir el camino del matrimonio a lo largo de la vida. Eso mismo debió pensar Stanley Donen cuando rodó “Dos en la carretera” (Two for the road, 1967), película con Audrey Hepburn y Albert Finney que disecciona como pocas veces se ha hecho la institución del matrimonio.
Incapaces de sustraernos a la idea de analizar todos los aspectos de la vida, el cine no puede ser una excepción y antes de ver la película de Donen, irremisiblemente debemos pensar en “Te querré siempre” (Viaggio in Italia 1954) de Roberto Rosellini con Ingrid Bergman y George Sanders. En esta película una pareja analiza y reflexiona sobre su relación hasta ese momento.
Este es el punto de partida de “Two for the road”, donde Mark Wallace (Albert Finney) y Joanna (Audrey Hepburn) nos cuentan cómo ha sido su hasta ahora matrimonio de 12 años desde que se conocieran en un viaje por Francia. Lo novedoso de la película de Donen es sin duda el montaje paralelo de cinco momentos de sus vidas que nos ayudarán a conocer a la pareja e identificarnos con ellos. Los aires inequívocos de la Nouvelle Vague quedan reflejados en un brillante montaje que cuenta con saltos espaciales hacia delante y atrás. Las elipsis y los flash backs, dos recursos siempre peligrosos por reiterativos, están magistralmente utilizados en base a la idea de contar la película a través de sentimientos distintos en lugares iguales dotando de una gran originalidad a la historia.
El hilo conductor del film es sin duda un viaje por carretera, una road movie que no es más que una metáfora de su relación marital. Un viaje donde analizar si realmente vale la pena seguir juntos o admitir la derrota que supondría resignarse a que todo entre ellos ha terminado. Esa búsqueda de sus identidades personales enriquece la historia no solo por su contenido sino también por su forma. En momentos diferentes les oiremos preguntarse: “¿Qué clase de personas se sientan solas sin hablar? Los matrimonios…” Una pregunta que encierra diversas respuestas dependiendo del momento en el que es formulada.
Si Bergman en Secreto de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap 1973) reflexionaba sobre el mismo desde un punto de vista mucho más trascendental, Donen lo hace aquí de una manera mucho más ligera, asequible y cercana. Las distintas fases por las que el amor entre Joanna y Mark pasará quedan perfectamente simbolizadas en ese largo y tortuoso camino a través del sur de Francia.
“Dos en la carretera” habla del enamoramiento primero, de la pasión, de la fidelidad, de la falta de ella, del engaño, de la diferencia de intereses, del cambio de personalidad, de la madurez, de la importancia del buen humor en la pareja. Todo, simbolizado con el distinto uso de medios para desplazarse por Francia: el autostop primero, el coche compartido después, el MG descapotable y por fin un Mercedes que representa el ascenso social de Mark.
Donen consigue que nos identifiquemos con la pareja desde el primer momento a través de situaciones cotidianas, como el pasaporte olvidado de Mark y cómo es Joanna la que siempre acude al rescate, un guiño que repetirá en diferentes momentos de la película y que se muestra sin duda como otra gran metáfora de su relación.
Una relación en la que transitamos de la ilusión primera llena de dificultades económicas suplidas con un amor inquebrantable, al nacimiento de una hija y la pérdida de tiempo en común para la pareja que eso conllevará. Surgen las necesidades emocionales de Joanna, ante factores casi siempre externos, como el éxito, el excesivo trabajo de Mark, etc y que son resumidas en una frase demoledora de él “la cuestión sexual cada vez es mejor y sin embargo importa menos”. Un deterioro emocional del que deberán recuperarse, porque aún con todo lo amargo del camino que Joanna y Mark recorren, algo tienen que siempre pervive entre ellos, sin duda el amor que se tienen.
Incapaces de admitir que la vida a veces trae más cosas buenas de las que parece que tenemos. ¿Aprenderán a aceptarse como son? ¿A aceptar que han cambiado?. La maestría del director está en reflejar las situaciones más cotidianas sin entrar en discursos moralizantes. Los momentos más dramáticos se entremezclan con las dosis necesarias de humor que la propia vida nos da, a ratos cómica, a ratos trágica.
Audrey Hepburn, quien pasaba por una situación similar a la que Joanna vive en la película, compone un personaje maravilloso que destaca por su naturalidad, su frescura y el poder ilimitado de sus ojos como vehículo expresivo. Audrey demuestra no ser solo una cara bonita.
Impregnada de un ambiente absolutamente pop, nacido desde Carnaby Street, los modelos de estilo sencillo y colorista que luce Audrey nos llevan irremisiblemente a las minifaldas de Mary Quant o a ese icono del Swinging London llamado Twiggy.
Y en este formidable cóctel suena como si de un personaje propio se tratara la partitura elegante y llena de glamour de Henry Mancini. Tonos suaves y melódicos en los que la nostalgia aparece como principal protagonista.
Es ahí donde surge la gran pregunta que al terminar la película cabe hacerse: ¿Es el avance en la escala social lo que hace cambiar a la pareja o es simplemente el paso del tiempo el que produce dicho cambio.
De momento, y mientras reflexionamos sobre ello, yo sé que si alguna vez no encuentro mi pasaporte, siempre tendré a mi Audrey particular en casa para acudir al rescate.
Rubén Moreno



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