CUANDO SE ES MADRE SIN DEJAR DE SER HIJA
“...perdona mamá, no sé qué me pasa…” “...de todo, hija, te pasa de todo…” y así resume Susi Sánchez a Laia Costa la enorme complejidad que supone ser madre y además primeriza .
Ser madre y ser hija a la vez, que te duelan los puntos, que no puedas dormir, que te duela el pecho, que las hormonas se disparaten, que todo te parezca lo peor y que la incertidumbre se haga dueña de todo...asustarte cuando tienen fiebre, tener miedo a que se te caiga el bebé y saber que sin embargo los bebés a veces se caen y no pasa nada, que el vértigo se apodere de ti y tu búsqueda identitaria se convierta en un brillante ejercicio de supervivencia.
Alrededor, nada ayuda, nada explica cómo hacerlo bien, todo aparece edulcorado, no hay nada más maravilloso que ser madre te han dicho siempre, pero en la letra pequeña las contraindicaciones no venían. La vida no es lo que contaban. Los tres idiomas que Amaia (Laia Costa) habla no evitan que sufra las consecuencias de un sistema patriarcal que reparte los cuidados y la crianza de forma desigual, pese a los avances logrados. Y sin embargo, el mensaje nunca suena a derrota, ni a panfleto pese a plantear claramente problemas de conciliación y de reparto de tareas, más bien suena a reflexión. La maternidad transforma la vida, sobretodo la de las mujeres que jamás volverán a ser como fueron. Es el punto de inflexión donde todo cambia.
Surge la necesidad de contarlo pero desde la perspectiva femenina, esa que huye de las mitificaciones de la maternidad abnegada que hasta ahora siempre han tenido los directores hombres que trataban el tema. Es hora de mostrar que también se sienten temores, inseguridades o vértigo y que esos elementos forman parte de un autoaprendizaje necesario para seguir viviendo. Frente a ello la comodidad del prisma masculino que tiende siempre a simplificarlo todo, reduciendo su rol a una especie de ser condescendiente hacia su pareja, y que en realidad lo que esconde no es otra cosa que el también temor incontenible a convertirse en padre.
"Cinco lobitos” de Alauda Ruiz de Azúa, nos deja esa huella indeleble de película más que necesaria que nos habla de fragilidad, de familia, de situaciones que nos superan y sin embargo nos hacen crecer. Además muestra la evolución de un personaje, el de Amaia, que compendia lo que toda madre ha sido siempre, primero hija, luego madre, de nuevo hija y por fin sostén de todo.
Profundiza en la herencia generacional a través de la metáfora evidente de su título pero va mucho más allá en esa idea. Observa a los personajes, los naturaliza, los convierte en seres con quien empatizar, y a los que la directora nunca juzga. Son seres imperfectos, pero todos lo somos, estamos construidos de imperfecciones y eso es precisamente lo que nos hace auténticos.
El difícil equilibrio entre la contención y la emoción sale airoso de una forma más que convincente a través de un magnífico trabajo de dirección actoral. El entorno también se vuelve imprescindible, la aspereza aparente de la madre, la parquedad y economía de gestos, las miradas resolutivas que lo cuentan todo, las frustraciones, los sacrificios del pasado,…Amaia va evolucionando en paralelo a la historia, mirando el espejo de su madre pero viviendo la vida que le toca en ese momento, reivindicando su derecho también a elegir.
Lo que Susi Sánchez y Laia Costa nos regalan es una clase de interpretación complementada por dos magníficos en la réplica, Ramón Barea y Mikel Bustamante, donde los matices se antojan esenciales. Ese trasvase de afectos, el aprendizaje mutuo entre ambas o la conversión de roles a medida que la historia transita culminan en un retrato de lo que permanece frente a lo que cambia. Amaia se transforma en una madre paralela, en alguien que intenta llegar a todo a la vez, que se olvida de sí para alcanzarlo. Llena de contradicciones y de paradojas, que aprende a ver a su madre de modo diferente.
Una ópera prima que remueve conceptos desde otros ya establecidos, que utiliza el talento de sus interpretaciones para construir un fresco naturalista, adusto y austero. Una película necesaria, delicada, transparente que enfatiza la verbalización de los afectos, algo fundamental en las relaciones siempre, sobretodo en las familiares.
Rubén Moreno



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