LOWENSTEIN, LOWENSTEIN

Como dice el tango de Astor Piazzola “…vuelvo al sur, como se vuelve siempre al amor, vuelvo a vos, con mi deseo, con mi temor…” El Sur, ese maravilloso lugar, normalmente despreciado por el Norte, pero que ejemplifica todo lo bello de la vida: La libertad, el sol, el calor, la alegría por vivir y sobretodo la luz que lo irradia todo.

Pat Conroy escribió un maravillosobest seller que la polifacética Barbra Streissand llevó a la gran pantalla en 1991 consiguiendo uno de los dramas más logrados de la última década del siglo XX, la última gran década de Hollywood.

 “El príncipe de las mareas” (The Prince of Tides) es mucho más que una película sobre la infancia perdida o los traumas acumulados, mucho más que una historia de amor entre el protagonista, Tom Wingo (extraordinario Nick Nolte) y la elegante y sofisticada psiquiatra de su hermana, Susan Lowenstein (Barbra Streissand). Esta es una película que te atrapa como solo lo pueden hacer los grandes dramas sureños. Es una evocación al sur llena de colores y tonos pastel (la fotografía de Stephen Goldblatt te traslada magistralmente a los atardeceres de la Costa de Carolina).

Cuando Tom Wingo recibe la noticia de que su hermana Savannah ha intentado de nuevo suicidarse, deberá viajar a Nueva York para hablar con su psiquiatra. Eso sin embargo será mucho más que un viaje, será una aparente huida sin destino, sin saber que el trayecto le hará regresar a la infancia, a los traumas que junto a sus dos hermanos sufrieron en un tiempo que decidieron borrar de sus recuerdos.

La incapacidad de mostrar sentimientos, la autonegación de la infancia traumática o la rudeza del comportamiento de Wingo harán tambalear toda su vida y su relación familiar, algo que Susan Lowenstein tratará de reconducir. Sin embargo el quid pro quo sentimental entre ambos protagonistas les retroalimentará de modo que serán dos personajes totalmente distintos a los que comienzan la historia. Y es que la Susan Lowenstein, cuasi perfecta que se sienta en su consulta de Manhattan y trata de arrancar los traumas de los Wingo, está alejada totalmente de esa imagen. Su vida artificial en un lujoso ático de Manhattan junto a un brillante y casi siempre ausente esposo, no es más que una farsa. La relación con su hijo también se tambalea por la imposibilidad de llegar a éste. El encuentro dará a ambos la posibilidad de ser ellos mismos y de encontrarse en un plano mucho más cercano a la realidad que al mundo ficticio que han construido a base de autoengañarse.

La mezcla de tonos en la película le da ese aspecto ágil, dinámico y fresco que nos hace circular por territorios absolutamente dramáticos, una historia de amor nada sensiblera y unos precisos toques de humor para rebajar el dramatismo de ciertos momentos. 

Posee además una banda sonora de James Newton Howard que realza los instantes precisos con una melodía absolutamente evocadora que nos traslada a esos atardeceres en color pastel mientras se oye el sonido de las gaviotas y los flamencos descansan sobre las marismas sureñas.

El trabajo actoral es uno de los principales activos en esta cinta, y es que un superlativo Nick Nolte posee una química brutal con la versátil Barbra Streissand. Capaz de despertar filias y fobias lo innegable es que la ganadora del Oscar por "Funny Girl" (William Wyler,1968) en su debut cinematográfico ex aequo junto nada menos que Katharine Hepburn, es uno de los iconos del último cuarto de siglo XX en el cine norteamericano. Siempre adentrándose en nuevos retos el talento de Streissand detrás de la cámara quedaba demostrado en “Yentl” ocho años atrás. Es aquí sin embargo donde la actriz, cantante y directora se acercará a su mejor cara como realizadora, en una historia con muchas aristas y vértices por definir. Historias entre parejas que no funcionan, incomprensión de padres y madres a hijos y al revés, traumas irresolubles, …. Como dirá Tom Wingo “Ningún delito que no sobrepase el perdón.” La importancia de la condición humana y de cómo el ser humano es capaz de perdonar la defectuosa y horrenda existencia de quien es parte de su vida a partir de la redención. “Aprendí que debía querer a mi padre y a mi madre a pesar de …” . La voz en off tan denostada cuando se cae en el peligroso abismo de la reiteración es utilizada aquí de forma totalmente necesaria manteniendo el aspecto literario del guión que el propio Pat Conroy, autor del best seller, ayudó a escribir. 

 

Estamos en Nueva York y el Sur ha quedado atrás, la vida sureña de Tom Wingo junto a su esposa y sus hijas es solo un recuerdo. Es el momento en el que el protagonista debe decidir si les debe algo a las mujeres de su vida o si por el contrario quiere romper con todo. El viaje de Tom a Nueva York que se había vuelto una huida hacia delante cobra ahora mayor protagonismo y la fuerza del sur le atrapa, el influjo de las mareas de su vida aparece de nuevo para devolverle la tranquilidad o quizá para hacer de él un nuevo Tom Wingo, capaz de perdonar esos delitos que no sobrepasan el perdón. La catarsis sufrida por Wingo y propiciada por Lowenstein le hará crecer como persona y devolverle el sosiego que todo ser humano merece.

El Sur, ese lugar al que siempre regresar, (volvemos nuevamente a Piazzola “…sueño el Sur, inmensa luna, cielo al revés…” ) se vuelve otro protagonista. Las olas del mar bañando los sueños de quienes viven en ese privilegiado territorio, las eternas puestas de sol mientras, en un viejo porche, se saborea una taza de café, … Existe un Sur en cada uno de nosotros, el sitio donde todo cobra vida, donde la luz nunca deja de brillar, donde los colores son más radiantes que en ninguna otra parte. El Sur como refugio eterno desde el que Tom Wingo nos deja una secuencia maravillosa para el recuerdo mientras de fondo suena la voz en off diciendo:

Y miro hacia el Norte y vuelvo a pensar que Ojalá repartieran dos vidas a cada hombre y a cada mujer.
Al final del día atravieso en coche la ciudad de Charleston y mientras cruzo el puente que me lleva a casa noto que unas palabras me brotan de dentro. No puedo detenerlas ni sé por qué las digo pero al llegar a lo alto del puente esas palabras llegan a mi en un susurro, las digo como una oración,...como un lamento...como una alabanza, digo: Lowenstein, Lowenstein"

 

Rubén Moreno



 

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