ME LLAMO GRANT...CARY GRANT

 


      

James Bond, agente 007, con licencia para matar. Difícil de atrapar y a la vez luchando contra los malos. Capaz de lucir brillantemtente un traje caro y aún así usar un gadget para salvarse. 

Y en la génesis ¿quién habría podido ser Bond antes que Connery prestase su cuerpo al héroe surgido de la pluma de Ian Fleming? ...No podía ser otro más que Cary Grant, el actor más elegante jamás visto en pantalla, en su papel de Roger O. Thornhill en "Con la muerte en los talones" (North by Northwest, 1959) de Alfred Hitchcock.

Roger O. Thornhill, es un publicista de la Avenida Madison que recuerda por igual al Don Draper de la serie Mad Men que al agente del gobierno de la magnífica cinta hitchcockiana "Encadenados" (Notorius, 1946). Thornhill confundido con un agente del gobierno llamado George Kaplan será objeto de una serie de extraordinarias y fatales coincidencias que le harán bordear ese peligroso sendero que circula entre la vida y la muerte. Una avioneta intentará tirotearle en mitad de unos campos, en una de las escenas más grandes jamás rodadas y ferviente demostración de cómo un genio como Alfred Hitchcock era capaz de hacer creíble una disparatada idea de guión. ¿Por qué intentar matar a un hombre haciéndole pasar una avioneta por encima, si puedes matarle tirándole de un tren? Hitch, era consciente de su inmenso talento a la hora de usar la cámara y aquí lo demuestra.

Ésta es una película que parte de un elemento recurrente en la filmografía del mago del suspense, el falso culpable. El hombre inocente acusado injustamente que tendrá que pelear para demostrar su inocencia es un tema recurrente en el cine del genio británico. Lo hemos visto en “Falso culpable” (The wrong man, 1956) con Henry Fonda, “Crimen perfecto” (Dial M for murder, 1954) con Grace Kelly, “Yo confieso” (I confess, 1953) o “Extraños en un tren” (Strangers on a train, 1951) donde adapta la famosa novela de Patricia Highsmith.

Es sin embargo, aquí en “Con la muerte en los talones” cuando Cary Grant desplegará todo su arsenal interpretativo y seductor. Su andar distinguido, como bien notará el villano que interpreta James Mason, su inteligencia a la hora de sortear el fatal destino, esa capacidad para ser cómico en situaciones desesperadas que heredaría inevitablemente un héroe de los 90 como Bruce Willis. Grant despliega tal fascinación que incluso el maestro del suspense, Hitchcock, cae rendido a su poder siendo visualmente mucho más importante que uno de los iconos de la filmografía hitchcockiana: sus rubias. Los mejores planos de la cinta son para Thornhill y no para Eva Kendall (magnífica Eva Marie Saint)  porque ejerce un poder casi magnético con la cámara.

La música como elemento inherente al genio nacido en Leytonstone, Londres. Su binomio con Bernard Herrman para utilizar el sonido como un personaje más en cada historia. Desde los maravillosos títulos de crédito de Saul Bass el ritmo wagneriano de Hermman nos va sumergiendo poco a poco en una historia trepidante. Ese estilo wagneriano de Hermann que acercaba a Truffaut al propio Hitchcock y cuya posterior ausencia pareció alejarle así mismo en su cine. 

Hitchcock como creador de sensaciones, de atmósferas, ... para ser capaz de atrapar la emoción a través de uno de sus sellos característicos, el suspense sin artificio. No engañando nunca al espectador, ocultando realidades a sus personajes mientras nosotros como espectadores se diría que queremos gritarles la verdad que "solo" nosotros conocemos. 

  Y a la modernidad visualmente hablando que supone la viveza de colores utilizados para remarcar las situaciones diversas, se une la utilización del espacio en esa casa que habría firmado mismamente el arquitecto Frank Lloyd Wright.  

Estamos probablemente ante el mejor momento en la carrera de Hitchcock, acaba de rodar Vértigo (Vertigo, 1958) y en un año hará Psicosis (Psycho, 1960), es el rey de Hollywood y en breve el mundo va a asistir a uno de esos momentos clave en la historia del cine, el alumbramiento del libro “El cine según Hitchcock” que va a recoger lo que sería considerado como “…una herramienta para construir mundos…”. Un libro que reivindicará la figura del mago del suspense como algo más que un director comercial, lo convertirá en uno de los iconos del cine para generaciones posteriores de directores. 

Uno nunca ve la misma película de Hitchcock cuando la revisita, esa capacidad solo al alcance de los grandes, como decía Truffaut, “…no solo era un libro, era un tratado sobre la manera de mirar…” y es que si algo nos ha legado Hitchcock ha sido una manera diferente de mirar al cine para siempre. Es mirar al cine desde algo tan absolumante impagable como la emoción.

De momento nos seguiremos imaginando a Cary Grant caminando con smoking, bebiendo Dry Martini, agitado no mezclado y repitiendo a una rubia cañón: Me llamo Grant…Cary Grant. 

 Rubén Moreno

 

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