EL DESPERTAR

 


Manuel y su hermano pequeño deben recuperarse de una enfermedad en un preventorio de un pueblo de Cáceres, cerca de la frontera portuguesa, en plena posguerra civil. Su estancia allí marcará un antes y un después en su vida.

A partir de esta anécdota real ocurrida al escenógrafo, Manolo Huete, en los años posteriores a la contienda bélica, el director madrileño y yerno de Huete, Fernando Trueba lleva a la pantalla esta historia en “El año de las luces”, película por la que sería premiado en el Festival de Berlín con el premio a mejor director en 1986.

“El años de las luces” se sitúa en la primavera de 1940, primer año del franquismo aunque, en seguida, el director nos va a dejar claro que la película se aleja totalmente de la dialéctica de vencedores y vencidos para adentrarse en aspectos menos trascendentes pero más gratificantes para el protagonista, como son el despertar sexual en pleno paso de la adolescencia a la juventud.

Un ambiente impregnado de represión ideológica, en el que la religión instrumentaliza el pecado como elemento de freno absoluto a la naturaleza humana. Cuestión que es aquí utilizada por ese genio de la comedia llamado Rafael Azcona para elaborar un guion que relaja el tono dramático por medio de la frescura y naturalidad de sus diálogos. En ese tránsito hacia la pulsión del deseo sexual, encontramos sin embargo, la magia del enamoramiento primero, a través de los personajes de dos jovencísimos Jorge Sanz y Maribel Verdú, cuya química es uno de los elementos clave del film. La magia de ese primer amor, vitalista y fugaz, inunda la trama, escapando sin duda de cualquier tic de revanchismo histórico. A través de unos movimientos de cámara suaves y clásicos, los sobreentendidos se apropian del relato para demostrar además el inmenso amor al cine que Trueba tiene.

La construcción de dicho relato presenta ese despertar a la vida rodeado de pasiones furtivas que escapan más allá del joven y alcanzan a otros personajes para establecer una visión positiva de la naturaleza humana. El entorno histórico queda postergado a un absoluto segundo plano a pesar de que notamos su presencia constantemente en la iconografía que desprende. Ese tono naturalista de la cinta muestra un paisaje idílico en mitad del campo que simboliza una especie de oasis, de parada en medio de la miseria que supondrá la posguerra en la ciudad.

Las constantes referencias literarias, sobretodo francesas, que surgen a través del personaje de Emilio (Manuel Aleixandre), se van a convertir en un elemento fundamental en el desarrollo del joven. La sustitución de la figura paterna ausente tras la guerra aparece aquí en su siempre certera visión vitalista y liberal de la vida, por medio de este personaje. Sus citas a Verlaine, Rimbaud o Montaigne no son más que un pretexto que usará Emilio para dotar al joven Manuel de herramientas vitales para su futuro. Su labor se antoja necesaria e imprescindible para ese crecimiento como persona de Manuel. Trueba sabe su oficio pero además lo ama y todo ese background cultural que atesora se desprende en detalles nimios como la quema de unos libros o las citadas referencias literarias del personaje de Manuel Aleixandre. Se establece una suerte de paralelismo entre el título y su referencia al periodo de la Ilustración. En el fondo el personaje de Emilio es ese ilustrado, afrancesado, ese tío Alberto que cantaba Serrat, que viene a inyectar aires de libertad en un ambiente que carece de éstas. Ya intuimos aquí numerosos aspectos que luego serán desarrollados en la posterior y oscarizada “Belle Epoque” y que entroncan con ese amor por la naturaleza, por las pasiones vitales y por un deseo casi incontrolable de positivismo.

El equilibrio perfecto entre el tono ligero y amable del primer tramo de la película y la trascendencia de su parte final nos traslada a un universo plagado de insertos, de cruces hechas en un calendario, de miradas furtivas y lascivas que vistas con los ojos de hoy se vuelven incluso enternecedoras. El ambiente represor del preventorio se focaliza sobretodo en una concepción pecaminosa de cualquier acto por más inocente que pueda parecer.

Además asistimos a una perfecta sincronía de todos los personajes que intervienen, funcionando con la precisión de un reloj suizo. Personajes como los de Verónica Forqué o Chus Lampreave que quedan definidos al milímetro con solo un plano de sus rostros.

“El año de las luces” no deja de ser al final, una tierna historia sobre el primer amor, que ahonda en la naturaleza humana para recordarnos que las pasiones primeras son incontrolables y que forman parte de nuestra vida, por mucho que la religión trate de ensuciarlas o reprimirlas y que en medio de todo ese escenario, otra fuerza de mayor proporción que el deseo sexual acude a los jóvenes en forma de primer amor, ese que la magia del cine nos enseña cuando la cámara se va parando suavemente en el rostro de Jorge Sanz en un plano final absolutamente maravilloso. 

Rubén Moreno


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