“Rebecca, nos ha vencido...” dice apesadumbrado, con la derrota en la cara, Max de Winter. De fondo se oye la música de Franz Waxman y estamos a punto de asistir al momento clave de la historia que Daphne du Maurier nos regaló y que Hitchcock modeló a su estilo como nadie.

 

 

 Estamos en 1940 y David O. Selznick produce la adaptación al cine de la novela “Rebecca”. Una obra maestra incontestable que traspasa la propia importancia cinematográfica para establecer vínculos emocionales incluso con tintes psicoanalíticos. Una película envueltra en una estética gótica majestuosa por la que los protagonistas transitan para mostrarnos una especie de cuento de hadas en el que los protagonistas huyen de lo aparentemente visible.

Una película de presencias y ausencias, donde la sombra de la antigua señora de Winter todo lo opaca, cualquier acto de la nueva siempre queda eclipsado por el recuerdo de Rebecca. Eso sume a la joven protagonista que tan brillantemente interpretaba Joan Fontaine en una indefensión de la que apenas sale en contadísimas ocasiones.

Como me temía y no quería admitir, esto mismo ocurre con la nueva versión que Netflix ha estrenado recientemente. Una película correcta que queda totalmente eclipsada por el recuerdo, por la presencia abrumadora de la cinta de Hitchcock.

De poco le sirve su intento, en determinadas situaciones, de demostrar mayor fidelidad a la novela original, sobretodo en su lenguaje narrativo. La cinta de Ben Wheatley se queda en un producto sin emoción que resta todo el aura misterioso y la atmósfera que Hitchcock creó y que además peca de ausencia de personalidad propia.

El principal lastre de la cinta de Netflix es la falta precisamente de esa atmósfera, algo esencial tanto en la novela como en la película de 1940. Un elemento disruptor es la luminosidad que no empasta con el tono gótico que desprende la historia. “Rebecca” es la crónica de una presencia abrumadora que no vemos pero intuimos, de un recuerdo que permanece imborrable y que atormenta constantemente. Una evocación que lo inunda todo, un relato con tintes psicológicos, con reminiscencias freudianas, de una complejidad enorme que aquí se ve reducida a una simple historia de amor, un melodrama frío y sin sustancia. Una cinta que se aleja de todo el misterio que envuelve a ese triángulo pernicioso que forman Rebeca, Manderlay y el ama de llaves, la señora Danvers.

Sin duda una ocasión desaprovechada para ahondar en un universo extraordinariamente interesante y que aquí pasa como de puntillas, sin ningún tipo de osadía por ser distinta. No se entiende que teniendo como referencia la obra maestra de Hitchcock y la novela el director haya despachado con tanta precipitación los momentos clave de la trama.

Podría entenderse desde una intencionalidad que busque alejarse de la película original pero es precisamente en esos momentos, donde la cinta de Wheatley pierde toda la emoción que una historia como esta requiere. La falta de tensión lastra un proyecto que nace de la temeridad de revisitar una obra maestra del cine, nada menos que de Hitchcock y que aquí se da de bruces porque desaprovecha todos los elementos para convertirse en una copia floja y escasa de relevancia.

La puesta en escena, el diseño de vestuario, la fotografía, la ambientación, …todo es correcto pero le falta alma a la película, le falta espíritu...carece de la intensidad necesaria y deambula entre el melodrama y el thriller sin definirse en ninguno de los dos géneros. Una lastima porque los mimbres estaban para dar una vuelta de tuerca a una historia fascinante con unos personajes a los que sacar mucho más partido.

 

El Max de Winter de 2020, interpretado por Armie Hammer, es un personaje mucho más plano, menos atormentado, cierto que con mayor química entre los protagonistas, algo que precisamente desvirtúa la relación original donde Max aparece como un elemento más sombrío, más distante, sobretodo a su llegada a Manderlay. Todo lo enigmático que ofrecía Laurence Olivier en el personaje de 1940 aquí desaparece. Los entresijos y el desafecto aparente de Olivier aquí casi ni se perciben.

 Esto resta aún más a la historia esa angustia o incertidumbre necesarias. Desaparece por tanto el componente psicológico que surgía entre el personaje de Joan Fontaine en 1940 cuando podemos casi apreciar un más que probable complejo de Electra en ella, al enamorarse perdidamente de un hombre 20 años mayor que le recuerda al padre ausente que ha muerto para dejarla sola en el mundo. Esa indefensión que no se percibe en Lily James, se hacía casi consustancial en Joan Fontaine. Y es que Hitchcock consigue la interiorización del personaje apocado que se siente totalmente fuera de lugar. Una chica carente de de recursos, desvalida, que llega a Manderlay, no como nueva señora sino como quien llega a un castillo donde la malvada bruja, en la piel de la señora Danvers (una excelente Judith Anderson en 1940 y solo una correcta Kristin Scott Thomas en 2020), la tortura psicológicamente y todo en base a un recuerdo que ella es incapaz no solo de sustituir sino ni siquiera de acercársele. Lily James, que es una actriz notable, aquí imprime carácter a un personaje que carece de él y por tanto en numerosas situaciones su interpretación pierde credibilidad porque le falta uniformidad.

En definitiva, un intento fallido de revisitar un clásico que ofrecía muchas más posibilidades y que es vencido por el potente recuerdo de una obra maestra demasiado grande como para ni siquiera andar cercano. Como en la trama original, la primera señora de Winter se impone a la de Netflix y no consigue ni siquiera el aparente propósito inicial de enganchar al nuevo público que no conocía la versión de Hitchcock. Si en la película original, Joan Fontaine comprendía que jamás sería como Rebecca de Winter cuando oye aquello de “...creo que era la mujer más hermosa de la tierra...”, aquí podríamos establecer el mismo paralelismo para comprender que esta versión jamás podrá ser Rebecca. 

 Rubén Moreno 





 

Comentarios

Entradas populares de este blog

OCHO MIL CAPAS

LA VOZ DORMIDA

EL SENTIDO DE LA VIDA