LA PIEL DURA
“La piel dura” (L’argent de pôche, 1976)
de François Truffaut nos mostraba lo duros que pueden llegar a ser los
niños ante las adversidades. Algo que ya había reflejado en “Los cuatrocientos golpes” (“Les quatre cent coups, 1959) y
es que lejos de caer en la autocomplacencia y la sensiblería barata,
Truffaut nos enseñó que no hay nada más desgarrador que filmar, sin
poner el acento, la crudeza del sufrimiento de un niño. Esto mismo
sucede con el cine de los hermanos Dardenne y con su película “El niño de la bicicleta” (Le gamin au vélo, 2011) un
ejercicio maravilloso de sobriedad narrativa carente por completo de
innecesarios subrayados, que te va golpeando en cada momento por la
dureza con la que es filmada la vida de un niño de un hogar de acogida y
su incesante deambular en busca de su sitio en la vida.
Huyendo pavorosamente de cualquier enjuiciamiento moral, los Dardenne
ponen la cámara y el espectador asume su rol frente al film. Con un
arranque descorazonador nos vemos arrastrados ante una especie de
Antoine Doinel
moderno que deambula por las calles de un pueblo de Bélgica que podría
ser cualquier pueblo de cualquier país para intentar encontrar a su
padre y a su bicicleta.
A partir de aquí asistimos como espectadores de lujo de las andanzas de Cyril (un extraordinario Thomas Doret) en su búsqueda vital. La normalización en pantalla de las relaciones humanas es algo muy díficil
de conseguir. El peligroso sendero por el que transitan las emociones
está aquí mostrado con la naturalidad propia de quienes saben su oficio.
La maestría para medir de modo magistral el ritmo, siempre conciso y sobretodo
carente de artificios, nos lleva a una historia dura como la piel de
esos niños que vemos a diario y en los que no reparamos casi nunca. Esos
niños que se nos aparecen como un incordio, indomables, bordeando casi
siempre los límites, niños a los que la vida ha tratado de forma
injusta, niños que no saben lo que es dar un simple abrazo o beso,
inadaptados a los que quizá lo único que les hace falta es creer en
ellos. En El niño de la bicicleta, vemos la fragilidad de Cyril,
pero también su tozudez, su agresividad, su capacidad para sortear
dificultades y también sin duda su bondad, oculta pero absolutamente
presente en las miradas entre él y Samantha (Cécile de France) la joven
peluquera que lo acoge los fines de semana en su casa y que aparece en
la vida de Cyril por casualidad para convertirse en casi su ángel de la guarda, en una especie de salvavidas para el pequeño de once años.
La
película transita en una suerte de lucha entre el optimismo o
esperanzador camino y el pesimismo de quien retrata la naturaleza humana
y sus miserias. A la ausencia del padre se contrapone Samantha, dos
personajes opuestos que vertebran la historia ya sea por la inexistente
figura paterna o por la presencia de quien va a ejercer de figura
materna sin serlo. La fluidez de la historia se entiende desde el
vértigo propio de la vida real y aquí es donde aparece la capacidad de
sintetizar de estos hermanos belgas que huyendo de clichés neorrealistas
lo que nos regalan es puro cine social.
Desde una brillantísima concepción del tempo, la virtud más destacable de El niño de la bicicleta reside
en cómo son captados los silencios y los momentos en los que parece no
pasar nada y sucede todo. Un virtuoso simbolismo se nos aparece en cómo Cyril
se aferra a su bicicleta, es lo único que le queda, después de perderlo
todo. ¿Cómo reaccionar al desafecto? Un pedaleo infinito en busca de un
sitio en la vida, un travelling que nos retrotrae al de Doinel
buscando la playa como símbolo de la libertad, un cúmulo de emociones
que nos puede llevar a escenarios propios de la literatura de Flaubert así como estéticamente a directores como Bresson.
Una película que conmueve desde la naturalidad, desde el arrojo de Cyril,
de su incombustible capacidad de aguantar golpes, de encajar y de cómo
sobreponerse volviéndonos a recordar que no existe mayor dureza que la
de los niños que sufren. Un retrato lleno de poesía por lo que evoca en
esa secuencia magnífica pedaleando a orillas del río, pleno
de firmeza narrativa, que nos habla de reinserciones, de oportunidades,
de abandonos, de cómo mirar hacia delante siempre. Una muestra más de
que los hermanos Dardenne son sin duda de lo más grande que puede encontrarse actualmente en el cine, y que a pesar de esa permanente sensación de deja vú que deja su cine, nos encanta el modo en que sintetizan la naturaleza humana, los sentimientos y sobretodo
cómo se manejan en las historias corrientes, tales como ésta en la que
el niño que se aferra a su bicicleta en realidad lo que nos está
demandando es nuestro afecto, esa necesidad tan humana y necesaria que
es sin duda el gran motivo para abrazarnos a la esperanza que desprende
esta película.
Rubén Moreno


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