DURMIENDO CON SU ENEMIGO
Lina era una chica un tanto puritana
que conoce a Johnny en el vagón de un tren. Ella está leyendo un libro y Johnny
aparece con un poco de resaca enfundado en un maravilloso traje gris marengo
con rayas, (o así lo recuerdo yo, cada vez que pienso en la secuencia). De
repente, llega el revisor y Johnny se encuentra en una situación bastante
incómoda porque le falta dinero para pagar el billete de primera clase ya que
lleva uno de tercera. Ni corto ni perezoso, le pedirá a Lina que lo “salve” y
ella haciendo gala de su exquisita educación típicamente inglesa accederá.
Acabamos de asistir a una vez más
un arranque absolutamente prodigioso del maestro del suspense, Alfred Hitchcock
y su maravillosa película “Sospecha”. Una historia absolutamente arrebatadora
que nos presenta a un Cary Grant oscuro y siniestro en el papel de Johnny y a Joan Fontaine como la apocada Lina.
La película como viene siendo
habitual en la filmografía de Hitchcock es mucho más que el envoltorio que la
cubre. Es un tratado de psicología sobre la condición humana y la perniciosa
dependencia que a veces el amor ciego puede conllevar. Lina es una solterona
que ve en Johnny su príncipe ideal, esto le hará no ver nunca ningún defecto en
él. Johnny es un típico sinvergüenza que basa su éxito, sobre todo entre el
personal femenino que le rodea en su irresistible belleza y elegancia. Un dandy
que en realidad no es más que un golfo sin dinero que ha decidido vivir a costa
de la gente rica de los círculos en los que se mueve. Un arribista que no tiene
ningún reparo en casarse con Lina, una chica de clase alta que es hija única y
cuyo padre ha sido un militar de alto rango del Ejército Británico. Johnny
tiene claro que es la oportunidad que ha estado esperando y le bastarán dos o
tres palabras amables para que Lina se sienta la mujer más afortunada de la
tierra.
De arribistas buscando un
porvenir, el cine como la sociedad
siempre ha estado lleno. Personajes sin escrúpulos que han intentado
enriquecerse a costa de los demás y sobretodo de las demás los hemos visto de
muchos tipos. El ínclito Montgomery Clift de “La heredera” la majestuosa
adaptación que William Wyler hizo de la novela de Henry James “Whasington
Square” es quizá el que más se asemeja a este sinvergüenza de “Sospecha”. La
principal diferencia sin embargo la encontramos en que el Johnny que interpreta
Cary Grant es el típico golfo que a
pesar de todas sus artimañas nos cae bien, amparado quizá en la frase más
dañina y perjudicial que ha inundado la existencia de las relaciones de pareja
(“…es que él es así…”) Este vividor va tejiendo tras de sí una sarta de mentiras
que desembocan en una espiral peligrosa que conduce a la protagonista tras
varios desengaños a obsesionarse con la idea de que Johnny quiere acabar con su
vida.
Lo más interesante desde el punto
de vista psicológico es que Hitchcock nos cuenta básicamente la historia de una
chica que está tan absolutamente enamorada de su marido que en su pérdida de
contacto con la realidad es capaz de aceptar que él la va a envenenar y no
parece importarle. Lo que nos lleva irremediablemente a esa joya de la
filmografía de Truffaut llamada “La sirena del Mississippi” donde un entregado
Jean Paul Belmondo sabe que Catherine Deneuve va a acabar con su vida pero ya
no quiere luchar más contra lo que parece ser su destino.
Esta especie de derrota asumida de
la propia integridad personal y del abandono total a la sumisión que parece
sufrir la víctima en este caso es un más que interesante estudio de la psique
humana y de cómo el propio ser humano se convierte a veces en su propio
demonio. A pesar de todo, lo más destacable de este comportamiento vendría dado
por el perfil de la víctima, en este caso una apocada chica británica
seguramente criada en colegios de pago, con escasa experiencia en la vida y
sobretodo en el amor y que como vemos en
esa primera secuencia prodigiosa en el tren, se oculta tras unas gafas que
denotan que su enorme timidez. Una timidez que fue quizás adquirida tras una incipiente “carrera” como
lectora de libros.
Esa postal que supone la primera secuencia nos traslada al
cuadro de Hopper, “Compartiment C, Car 293” mientras la cámara de Hitchcock nos
regala como siempre pequeños insertos que nos sirven para contar cómo son los
personajes sin apenas haber pronunciado una sola palabra al respecto. Ese plano
que recorre el cuerpo sentado de Lina y cómo parece ocultarse tras el libro de
psicología infantil que está leyendo, nos presenta al personaje del que ya intuimos
prácticamente todo. Es aquí donde encontramos sin embargo el talento de Hitchcock
para una vez adquiridas nuestras ideas preconcebidas y aprovechando que gira la cámara para fijarse en el rostro
resacoso de Johnny cuando vemos a Lina, esta vez con un periódico en la mano viendo
la foto del apuesto y díscolo Johnny Aysgarth, objeto de deseo de la reprimida
chica.
Con el paso de la cinta empezamos
a sumergirnos en un más que interesante ejercicio que incluso podríamos catalogar de masoquismo
sentimental por cuanto la protagonista va descubriendo poco a poco las
imperfecciones de su amado y cuánto se aleja del ser que idealizó. En este
viaje de desencanto la protagonista se abandona a su suerte en una escena ya
icónica dentro de la historia del cine. Cary Grant sube la escaleras con el famoso
vaso de leche iluminado, casi con luz propia se diría (Hitchcock introdujo una
bombilla pequeña en el vaso para realzar más la potencia visual de la escena) mientras Lina espera en la cama a que llegue
el vaso de leche donde supuestamente se
encuentra el veneno que acabará con su vida.
El final que Hitchcock planeó
para esta historia distó mucho del que posteriormente tuvo que filmar debido a
las exigencias de la productora. Existe la convicción de que el mago del
suspense quiso rematar la historia con una secuencia brillantísima y que relataré a continuación:
“En ese final que nunca vio la luz, el personaje de Lina escribe una
carta a su madre en la que explica que su marido la va a envenenar. Johnny le
sube el vaso, ella amanece muerta y Johnny sale por la mañana y al encontrar un
sobre en la cómoda lo coge y acaba echando la carta al buzón autoincriminándose
involuntariamente. “
Este final prodigioso se encontró
con la negativa de David O. Selznick que obligó a cambiarlo dejando la
conclusión del film como lo conocemos, quedando en el espectador un cierto
regusto a final precipitado y quizá un poco impostado pero esto no minusvalora
la calidad de un film que sobretodo transmite el elemento más importante del
cine de Hitchcock, el suspense con letras mayúsculas, a veces incluso en
situaciones totalmente banales como la de la lectura de la noticia de un
periódico que obliga a Lina a moverse para coger sus gafas provocando en el
espectador el nerviosismo lógico de no saber qué dice tal telegrama.
Hitchcock sabía como nadie cómo
hacer mirar al espectador hacia donde pretendía cada vez, manejaba al público y
lo hacía de forma maravillosa, una muestra fue toda su filmografía pero su
época dorada comienza con “Rebeca” y
un año después con “Sospecha”. Hitchcock
había llegado a Hollywood para quedarse y poco tiempo después filmaría algunas
de las mejores películas de la historia del séptimo arte.
Rubén Moreno


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